Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)


Dejemos establecido desde ya, que la situación de pobreza de un país no se debe a la ignorancia, desconocimiento o al tipo de cultura que predomina en una determinada nación, sino que los países son pobres, porque quienes tienen las riendas del poder en sus manos, toman decisiones que crean pobreza, desigualdad e injusticia.

De ahí, la necesidad de hablar de liderazgo, pero con un apellido –y con mayúscula–, a saber, el “liderazgo ético”. De acuerdo con diversos estudios de reconocidos expertos en la materia –Pérez-López, Ciulla, Correa-Meneses, Hodges y Steinholz–, el liderazgo ético debe entenderse como un liderazgo de tipo organizacional que se centra en el respeto de los valores, así como también en los derechos y la dignidad de las personas, donde los conceptos de justicia, honestidad, integridad, confianza, equidad, transparencia y buen trato constituyen aspectos críticos y que no pueden faltar en esta forma de liderar.

Los “anti-líderes” actuales lo hacen mal –y en ocasiones, extremadamente mal–, no porque se equivoquen, por “descuido” o por causa de su ignorancia, sino porque las decisiones que toman, son netamente de tipo político e ideológico y no de tipo técnico, económico y, menos aún, de tipo humanístico.

Está más que demostrado, que el manejo inadecuado del poder y de los recursos económicos de un país, conduce a la población a condiciones de vida que pueden ser fácilmente catalogadas de injustas, desiguales e inhumanas, tal como muy bien lo afirma Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía, en varios de sus libros. En uno de ellos, consigna –en forma textual– lo siguiente: “La vaca media europea obtiene una subvención de dos dólares al día; más de la mitad de la población del mundo en vías de desarrollo vive con menos de esto. Según parece, es mejor ser una vaca en Europa que ser un pobre en un país en vías de desarrollo”.

No hay manera alguna de obviar la relación –a menudo poco santa, inmoral y corrupta– que existe entre los negocios, las actividades de las grandes empresas –AFPs, Isapres, bancos, supermercados, farmacias, etc.– el manejo de los intereses políticos y el comportamiento de los gobiernos, con sus líderes –o anti líderes– incluidos.

Hoy en día, no existe forma alguna de abstraerse de la importancia que ha tenido, tiene y que tendrá el tema del liderazgo en la vida de las personas, especialmente, cuando hablamos del rol estratégico que cumple un líder en toda empresa, institución gubernamental u organización que está inserta en los mercados de la economía actual. Con mayor razón, cuando vemos la forma errática y arbitraria con la que funcionan –y actúan– algunos de nuestros supuestos “líderes”, ya sea que hablemos a nivel de dirección de empresas, fuerzas armadas, a nivel político o, incluso, religioso.

Por tanto, junto con demostrar una conducta ética permanente, una de las grandes fortalezas de aquellos individuos que, además de dirigir, también saben liderar personas, empresas y países, es la habilidad para escuchar en forma activa a la gente, así como estar atentos –y ser sensibles– a las necesidades y dificultades de las personas, entre las cuales cabe incluir, no sólo a los clientes y consumidores, sino que también a los ciudadanos de un país, y si ello requiere que estos líderes naden en contra de la corriente, pues entonces, estos sujetos deberán mostrarse dispuestos a hacerlo y, de una vez por todas, ser capaces de “mojarse el pompis”.

Dado, justamente, el alto nivel de desaprobación, desconfianza y rechazo que existe hacia los líderes actuales –y hacia la clase política, en general–, hoy tenemos la urgente necesidad –y el sagrado deber– de hacer las cosas de manera muy diferente, a saber: liderar con ética, actuar con sentido de justicia y equidad, mostrar respeto hacia la dignidad de las personas, de otra forma, los sujetos anti-líderes lo único que lograrán, es continuar creando más pobreza y más injusticia, con el serio riesgo de llevar esta situación hasta su punto de ebullición, donde la población podría terminar, finalmente, perdiendo la paciencia y todo tipo de cordura, tal como ya lo hemos visto en varias ocasiones en el transcurso de la historia.

Finalmente, no puedo menos que concordar con el filósofo, escritor e investigador Leo Strauss, quién en su tratado y ensayo crítico «Sobre la tiranía», nos demuestra, que así como existen algunos «buenos líderes» –con un alto sentido ético y moral al estilo de un Nelson Mandela o de un Martin Luther King–, también existe una gran tropa de líderes mentirosos, corruptos, violentos, caprichosos, arbitrarios, homicidas, malvados y con características psicopáticas.

 

 

 

1 Comentario

  1. Son muchos los autores y estudios que demuestran en forma clara y contundente que la condición de pobreza de un país no se debe a la ignorancia, desconocimiento o al tipo de cultura que predomina en una determinada nación, sino que los países son pobres, porque quienes tienen las riendas del poder -y el dinero- en sus manos, toman decisiones que crean pobreza, desigualdad e injusticia. Es cosa de observar la pobreza que existe en Latinoamérica, no obstante la enorme cantidad de riqueza y recursos existentes en este continente en oro, plata, diamantes, petróleo, platino, cobre, litio y… para qué seguir.

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