ANDRES VILANOVA


Como cada año en septiembre florece ese llamado espíritu de chilenidad, donde más que acordarnos de las gestas y mitos de los héroes de la independencia, nos abocamos a comer y disfrutar de los destilados de la uva y caña… y con desesperación.

La historia de nuestra pobre y joven república, está hecha de remedos y retazos de historias verdaderas que se convierten con el paso de los años en mitos, casi religiosos.

Que la bandera chilena es la más bonita del mundo, que la canción nacional es la segunda más bonita después de la Marsellesa, que el vino chileno es el mejor del mundo, en el fondo argumentos para oxigenar el alma de los ciudadanos.

En medio de estas historietas que consumimos sin anestesia y con mínima crítica, existe una historia que permanece oculta a la realidad, que es la famosa cueca de Pinochet, que vemos bailar profusamente en cuanto evento folclórico vemos por TV o asistimos.

Esta cueca o danza estilizada del baile nacional, fue promovida por Augusto Pinochet durante los primeros años de su gobierno, al “ordenar” a la tropa organizar en todo el país conjuntos folclóricos, para “uniformar” el baile nacional.

¿Y qué se adoptó? Primero, el traje de huaso; pero no el que usa el campesino sino del hacendando o el “futre”, y la ropa folclórica de la esposa del dueño del fundo, originando un híbrido que hoy cultivan los conjuntos folclóricos tradicionales. Además se adoptaron al nuevo estilo canciones pegajosas y muy blancas, con un doble sentido que raya en lo rebuscado.

En fin, un huaso que administra, que manda y tiene derecho a pernada, es el que vemos bailar muchas veces en el hemiciclo del Teatro Municipal de Iquique y en otros lugares.

Han pasado muchos años de la imposición patriótica, de la instauración de la cueca de Pinochet y se ha logrado con éxito, ya que las nuevas generaciones solo conciben a nuestra danza tradicional de esta forma.

Otra cosa que origina urticaria a los amantes de la cueca de salón o cueca de Pinochet, es revolver la historia del origen de la cueca, ya que la realidad nos lleva a la amazonia peruana, donde se conocía como la zamba clueca, bailada por los esclavos negros del África que trabajaban en la selva.

Recordar esto es como sacarles la madre, y se oculta u omite, haciéndonos creer que la cueca es netamente chilena.

Nuestra danza nacional, desde 1979 bajo decreto firmado por Pinochet, nació en el Perú, de ahí llegó en la tercera década del siglo XIX a Chile. De nuestro país continúo a Mendoza y se expandió al noroeste argentino. Pero otra corriente de la cueca venida desde Perù, pasó directamente a Bolivia y una parte del norte de Salta y Jujuy, donde también se baila.

La cueca tiene variaciones según la zona donde se cante y baile, por ejemplo existe la cueca chapaca del departamento boliviano de Tarija, cuyas características es el violín a la música, mientras que en la zona de Oruro y Potosí se le agregan trompetas, sonando muy parecido a nuestro Cachimbo.

También podemos encontrar la cueca chaqueña, que se baila en el norte de Argentina y sur de Bolivia.

Hoy, como chilenos recordamos nuestra fiestas patrias con mucha cueca, pero es necesario conocer y profundizar que el folclor no tiene fecha de origen ni autores, y lamentablemente nuestra actual danza fue impulsada desde el edificio Diego Portales, Bunker de la junta golpista, e impuesta por sus suboficiales en innumerables conjuntos folclóricos que aún sobreviven arrogándose una chilenidad digna que recuperemos, con la «cueca del gañan», «la cueca chora», y la «cueca brava».