Por Catripetro

Los mejores años de mi vida fue esa niñez humilde, pero llena de aprendizaje, de emprendimiento, de valores y solidaridad, que hasta el día de hoy mantenemos en nuestra familia y son parte de nuestro quehacer cotidiano.

Al igual que la película “los muchachos de antes no usaban gomina”, los iquiqueños de antes usábamos Glostora para que nuestro cabello brillara y gomina fabricada con las pepas de membrillo para que lo fijara.

Que felicidad cuando llegaba la fecha de nuestro cumpleaños, mi abuelita materna Irene se levantaba temprano y en el horno de la cocina a carbón preparaba queques económicos que luego lo abría y le echaba manjar de tarro de leche condensada y, lo cubría con el mismo producto luego lo adornaba con pastillas de pelotitas de colores.

Nuestros cumpleaños se celebraban entre los hermanos, nuestros padres y abuelitos y con suerte invitábamos a dos amigos a lo máximo. En la mesa la humilde torta era la reina de la fiesta, la que estaba acompañada de sándwich con mortadela, chocolate, te y roscas.

En esa sencilla  mesa celebrábamos la vida, la disfrutábamos y agradecíamos a Dios por haber tenido algo para recordar la fecha de nuestro nacimiento y con la misma humildad con que Jesús llegó a este mundo, éramos felices porque estaba la familia unida, y porque no estábamos interesados en el consumismo.

Cada vez que alguno de nosotros celebraba el día del nacimiento, los regalos en los sectores populares de donde provengo, eran envueltos en papel de diario simplemente y dentro podía venir un tarro de durazno, o una galleta de Tritón, pero lo que más recuerdo, lo cual me hizo feliz fue cuando me regalaron un diccionario, un porta lápiz y una bolsa llena de frutas surtidas.

Que feliz éramos aquellos muchachos de antes, con poco nos sentíamos felices, nuestros ojos vivaces, transparentes, sin ver la maldad se dejaban llevar por la imaginación y soñábamos en esos cuentos de aventuras que nos hacía viajar por el mundo, buscando más equidad, más justicia social.

Los niños de antes leíamos y nos hacía pensar como pequeños cientistas políticos, como sociólogos, antropólogos sociales, asistentes sociales y por nuestra cabeza se paseaba la imaginación del escritor, la cual sacábamos de nuestra realidad, de la pobreza, de la marginación social, pero también había cosas hermosas como el deporte, que nos hacía pensar en ser Pelé, en Garrincha, en Manuel Sánchez, en Chita Cruz, en el Mono Sola y tantos futbolistas del mundo, incluido Iquique o los basquetbolistas que hacían bailar el balón pertenecientes a los clubes La Cruz; Norte América; Academia; Chung Wha; Jorge Quinto; Unión Morro; Hogar del Niño; Iquitados; Liceo de Hombres, Liceo de Niñas, Instituto Comercial y otros más que se me escapan.

Extraño el Iquique del pan con aceituna, del cavanchino, del ceviche de lenguado con limón de Pica, del pebre de rocoto con huatacay, del tumbo del interior, del durazno de Miñe Miñe, de los choclos de Camiña, del perol y empanadas de machas de Playa Brava, por eso que soy iquiqueño hasta la muerte, por eso que ya compré mi terreno en el cementerio 3, porque Iquique es puerto y las demás son caletas.