TERESA MARINOVIC*
Hay que tener bastante imaginación para comparar una discusión que se producirá en el Senado con la trama de una película, pero, a juzgar por lo que dijo Fulvio Rossi, parece que la de él es fecunda; de otra forma no se explica que (en entrevista reciente) afirmara que la discusión sobre la Reforma a la Educación estaría atravesada por el drama y el suspenso, pese a que todo el mundo sabe que esa película tiene un desarrollo y un desenlace de antemano conocidos.
inCompartir

También es posible que Fulvio tienda a perder objetividad ante la emoción de interpretar papeles protagónicos, pero, más allá de lo anecdótico, el Di Caprio criollo dijo algo que merece atención: “Si negociamos, si permitimos que la educación siga siendo un negocio, o se siga rigiendo por las reglas del mercado, la imagen del Gobierno va a quedar por el suelo”.

Porque la verdad es que tiene razón: enarbolar una bandera para ganar una elección, no es gratis. Y rescatar ahora, de la cloaca en que quedaron, conceptos como el lucro, el negocio o el mercado (e incorporar al relato el discurso de la Alianza entre lo público y lo privado) tendrá costos para el Gobierno en términos de credibilidad, sea cual sea la opción que tome.

Haciéndole honor a su papel de héroe, sin embargo, Rossi ha dicho que no será “cómplice de una traición a la ciudadanía”; el problema es que esa lealtad que promete ofrece ciertas dificultades prácticas que no dejan espacio para un buen guión cinematográfico.

Lo que Fulvio Rossi sintetiza en sus últimas declaraciones es, en definitiva, el carácter simplista de la reforma, pero también lo contradictorio del paradigma que la inspira; porque conceptos como ‘calidad’ o ‘gratuidad’ siguen dentro de la lógica mercantil; y la supresión del lucro no será suficiente ni para dignificar la actividad educativa, ni para que las familias y los estudiantes comprendan el tipo de incumbencia que les cabe en ella.

Porque asumamos que la educación no puede (o no debe) ser un negocio; y concedamos que ese quehacer humano debe quedar fuera del mercado. ¿Qué significa eso en concreto? Que tenemos un problema, porque ocurre que, en la práctica, la mayoría de los colegios particulares subvencionados tiene fines de lucro (y los que no, incumplen otro requisito que se estima también intransable, que es su carácter laical).

¿Qué se hace entonces? Prohibir el lucro y sancionarlo con cárcel, dicen algunos. El punto es que con bastante probabilidad, algunos colegios desaparecerán, ya sea porque no les interesa o no son capaces de ajustarse a las nuevas condiciones. Se podría abrir de esa manera un nuevo frente, el de la cobertura.

El resto de los colegios que estaban bajo ese régimen cambiará, quizá, sus estatutos y cumplirá con los estándares exigidos por la ley, pero ¿tendrá la prohibición del lucro un carácter inspirador como para despertar en los actuales sostenedores (otrora comerciantes, según la NM), los más nobles sentimientos del alma humana? ¿Aquellos que son requisito sine qua non para ofrecer una educación de calidad?

¿No será, acaso, que la imaginación de Fulvio está pretendiendo extraer de la prohibición del lucro mucho más de lo que ella puede dar? ¿O, también, que su imaginación no llega a anticipar los efectos nocivos de la forma en que se quieren hacer las cosas? ¿Acaso cree que se puede producir un cambio cultural solo por la vía de una prohibición, pero sin disponer de nada alternativo que represente una propuesta?

Lo que Fulvio Rossi sintetiza en sus últimas declaraciones es, en definitiva, el carácter simplista de la reforma, pero también lo contradictorio del paradigma que la inspira; porque conceptos como “calidad” o ‘gratuidad’ siguen dentro de la lógica mercantil; y la supresión del lucro no será suficiente ni para dignificar la actividad educativa, ni para que las familias y los estudiantes comprendan el tipo de incumbencia que les cabe en ella.

Mientras tanto, el espectáculo de una comedia sin fondo, puede continuar…

*Teresa Marinovic
Licenciada en Filosofía.
El Mostrador