Por Patricia Espinosa*
Pese a que tenía mucho trabajo, ese martes decidí llegar temprano a casa. Mi ex esposo nos había invitado a jugar rugby en la playa esa noche. Al llegar, mis cuatro hijos me esperaban con ropa deportiva para salir a jugar y así realizar una pausa en las tensas semanas que veníamos viviendo desde el 16 de marzo, cuando ocurrió el primero de una seguidilla de sismos en Iquique (grado 6 escala de Richter).
Nos montamos en el auto con una mochila con bastante agua y hasta nos acompañó Ofelia, la perrita de la familia.
Estacionamos en la península de Cavancha, y caminamos unos 100 metros hasta la playa. Eran las 20:45 horas, apenas habíamos alcanzado a pisar la arena cuando sentimos un sonido hondo, un gruñido viceral. Los numerosos pájaros que anidan ocultos en las palmeras de Cavancha, volaron repentinamente, patos negros en la azulina noche, que con su multiplicado aleteo simulaban una escena digna de Albert Hitchcock. La tierra había comenzado a moverse.
Un movimiento bamboleante. Un abrupto zamarrón que hacía torcer las palmeras en una danza frenética. ¡Calma, ya va a pasar! Decíamos a “La bella Tropa”, como llamo amorosamente a mis cuatro hijos. En la playa había otros deportistas. En ese minuto se jugaba un partido de rugby. Pero el temblor no paraba. 8,2 en la escala de Richter. Cuando las luces se apagaron y el sacudón fue más fuerte, nos abrazamos los seis. Era como un gran abrazo protector, “Calma, estamos todos juntos y estamos bien”, dije como una forma de traducir a mis hijos lo importante dentro de una realidad abrumadora. En tanto mirábamos en rededor para verificar que no había algo que pudiese caernos encima.
Mis hijos no vieron cosas romperse, ni estallidos, ni gritos. Todo el mundo en la playa se abrazaba y contenía. Cuando pasaron esos eternos tres minutos de terremoto (fueron dos sismos en uno), nos tomamos de la mano y corrimos con cuidado. Sabíamos exactamente qué hacer. Teníamos muy claro a dónde dirigirnos y cuál era la zona segura. Un tsunami era probable.
Cada vez se sumó más y más gente a la evacuación. En el camino vimos cómo unos ladrones aprovechaban de robar una sucursal de un banco ¡y no salvaban sus vidas!
A cada tanto miraba la hora en mi celular para calcular el tiempo de escape. Era importante estar en zona segura en no más de 20 minutos. En ese momento esperábamos un tsunami. A los siete minutos comenzaron a sonar las sirenas de evacuación. Su sonido recuerda viejas películas de guerra. Cosa curiosa ese tipo de sirenas no solo se escuchan, poseen un efecto penetrante que recorre la espina dorsal. Los cinco sentidos muy atentos y las manos sosteniéndonos muy firme, mientras avanzábamos entre el mar de gente.
No pudimos continuar todos de la mano por mucho tiempo. Era difícil avanzar. Nos separamos en dos grupos y a cada palmo Cristián me llamaba: “Patricia”, “Aquí” respondía. Nos manteníamos a corta distancia.
A unos 600 metros de caminata encontramos la 5ª compañía de Bomberos Dalmacia. Cristian es bombero y consiguió subirnos a la camioneta que en ese momento estaba evacuando. Nosotros en el pick up, junto a unos tres bomberos más. Dentro del vehículo otros bomberos realizaban labores de reanimación a una persona, tendida en el asiento trasero.

 

Cosa curiosa ese tipo de sirenas no solo se escuchan, poseen un efecto penetrante que recorre la espina dorsal.

Se trataba del conductor del cuartel, Nelson Araya Bustos (52). Había sufrido un infarto. Sus compañeros, pese a sus esfuerzos no lograron mantenerlo con vida. La Bella Tropa, no se enteró que el bombero finalmente murió, sino hasta días después.
Llegamos hasta zona segura. En calle Pedro Prado con Tadeo Hanke. Ahí la iluminación del estadio Tierra de Campeones nos cobijaba. Eran miles las personas congregadas. Decenas de autos aparcados hacían de albergue. Unos seis carros de bomberos esperaban instrucciones de la comandancia. En uno de ellos, el carro escala de la 7ª compañía, nos acogieron junto a una mujer y su bebé y otra señora de mediana edad.
Estábamos a salvo, pero había que saber qué pasaba. Una radio con dínamo nos ayudó. El agua que llevamos se volvió un valioso tesoro el que cuidamos y compartimos. Entonces comenzó otra romería, nos enterábamos de primera fuente de lo que pasaba en el resto de la ciudad: “incendio declarado”, uno, dos, tres incendios en la zona de inundabilidad. Los bomberos no podían acudir por orden estricta de su jefatura.
Los incendios avanzaban, el casco antiguo de la ciudad estaba destinado a desaparecer. Finalmente comenzaron a despachar uno a uno los carros. Esos hombres acudieron a apagar incendios, aún con la amenaza de un tsunami latente. Sabíamos que la marea había registrado una subida de 1,8 metros.
“Personas atrapadas en el centro de la ciudad”. Una tras otra comenzaron las emergencias en una noche oscura, cuya luna no la hacía más nítida. La gente trataba de encontrarse, todo el mundo buscaba a alguien. Una señora me vio con celular y pidió ayuda para buscar a su hija, que estaba con sus nietas; cuando ella llegó a buscarlas a casa, ya habían evacuado. Otra amiga embarazada, trataba de comunicarse con sus hijas, ellas habían realizado evacuación vertical en el edificio en que vivían, en la costa. Quería decirles que se encontraba a salvo. Era infructuoso, ninguna llamada entraba. Sólo podíamos recibir llamadas desde otras ciudades.

Los bomberos no son chicos buenos, son héroes capaces de entregar todo por el otro.

La Bella Tropa en tanto, trataba de acomodarse para dormir. No me quejo, pero ¡qué mal lugar para el sueño es un carro de Bomberos! Cuando tocó el llamado del tercer incendio, “nuestro carro” debió movilizarse. Antes, el joven capitán de la compañía nos dejó en su casa, en zona segura y a pocos metros de ahí. Ahí nos resguardamos hasta su retorno, a eso de las cinco de la mañana. La alerta de tsunami había bajado. Entonces volvimos por mi auto a la Península y luego a nuestro departamento en el piso 12.
La emergencia había terminado. Por ahora.
El jueves 3 de abril, Bomberos despidió a su mártir. Por la noche, en romería, lo acompañaron al cementerio N°1. Todos en formación, con una banda de bronces que entonaba “Yo tenía un camarada…”. Los carros ataviados con un telón negro y una cruz blanca en su frontis anunciaban el luto. Discursos de la familia. Lectura de su hoja de vida con 30 años de servicio voluntario. Honores. La tenue luz de las antorchas, no opacaban la sentida escena. Caballeros del fuego con sus ojos empapados y rictus enérgico, contenido. Finalmente todos los carros bomberiles de la comparsa hicieron sonar sus sirenas. Estridente lamento de despedida. Su sonido nos estremeció a todos quienes asistimos.
Esa noche entendí un poco más este código. Los bomberos no son chicos buenos, son héroes capaces de entregar todo por el otro. La Bella Tropa está a salvo; espero haber rescatado mucho más que eso esa noche, rescatado una lección de entrega y solidaridad. Hoy, 5 de abril, mi hija mayor, Lucía (15) me dijo, “Mamá, quiero inscribirme como voluntaria para ayudar en la reconstrucción”.
* Patricia Espinosa
Periodista
Mamá de La Bella Tropa
Abril de 2014