Por Catripetro

Hay un tango que escuchaban mis abuelitos y mis padres los domingos en la mañana a través de la radio AM Almirante Lynch, Salitre y Esmeralda, el cual decía “te acordás hermano qué tiempos aquellos, la rubia Mireya…”, y con los años la vi en el cine Nacional, allá por fines de la década del 60 (qué bonita película).

Y en base a esa historia, que era una mujer muy linda que trabajaba en un cabaret y un joven de clase alta se enamoraron ambos perdidamente, pero sus padres se opusieron a ese lindo amor.
Pero cuando estamos próximos a navidad, mi corazón se abrió y me acordé de tantos amores que pasaron por mi vida y de la primera que saltó a mi memoria, fue la “chata” Alicia o la vieja del caldero como le decíamos los cabros del barrio.

Ahora, con mi pelo plateado y la sabiduría que me han entregado los años y la universidad de la vida como decía mi padre, se me vienen a la memoria la mujer que me hizo hombre, la chata Alicia, ella que quizás ya debe estar en el santo reino de Dios, vivía a media cuadra de Thompson, entre Errázuriz y 18 de Septiembre y siempre estaba sentada entre la mampara y la puerta de calle con un chal que le tapaba las piernas y un caldero con sus brasas que le entregaba caloría, ahí llegué un día acompañado de mis amigos de infancia, un tanto nervioso, porque era la primera vez que me iba acostar con una mujer.
Con apenas catorce años, con algunos meses para cumplir 15, llegué donde ella, virgen e inmaculado, con un billetito que había juntado peso a peso, pero ella se paró me acarició y quedé loco, me hizo pasar a la primera pieza, de esas casas altas y antiguas de madera de pino oregón y en el velador una lámpara con una pantalla de cartón y sobre ella, un calzón que lo sacó y me lo puso en mis mejillas, donde quedé más loco todavía y para que les cuento como quedé después del acto, salí convertido en Tarzán, me sentí enamorado hasta la médula, con aquella mujer que en esa época debe haber tenido cerca de 40 años muy bien conservados.
En esta oportunidad quiero rendirle un homenaje a todas aquellas mujeres que trabajan de noche, porque así como la chata Alicia, recuerdo a muchas de ellas que fueron mías por algunas horas y por un billetito, con ellas bailé, tomé, conversé e hice el amor donde Julio Prieto o el Erika, El 13, El Cuartito Azul, Manhattan, La Dulia, Ramón y otras casas de remolienda como la Casa de Irene, que describe una antigua canción.
Todas ellas habitan mis recuerdos, todas ellas fueron mis pololas, mis novias, mis esposas y nos respetamos, nos contamos nuestros problemas y nos aconsejamos. Para algunos ellas son putas, para mi fueron y seguirán siendo las princesas de las noches bohemias, con esas sonrisas y esa bondad a pesar de sus tristezas debajo de esos maquillajes que las hacían ver más hermosas.
Quiero alzar mi copa por ellas, quiero que mi mente se ilumine de sus bellezas con esos trajes de noche, iluminados de esperanza, que algún hombre las sacara a formar un hogar, ellas son y seguirán latiendo en mi corazón y cuando sea medianoche y las campanas anuncien el nacimiento de Jesús, rogaré por ellas y pediré a Dios que las cuide, por ese corazón noble y por ese inmenso corazón que alcanzaba para todos.

Nota de la Redacción: Este artículo fue publicado originalmente en el año 2012 por nuestro compañero Edgardo Barría (Q.E.P.D.)