Frente a aquellos que consideran que el porno es acomodaticio, banal y peligroso, Kipnis lo reivindica como una de las grandes expresiones transgresoras de la era moderna, dispuesta a cruzar las líneas rojas para mostrar a la sociedad lo que realmente piensa (y teme).

Cuando los medios de comunicación, investigadores, psicólogos, sociólogos y antropólogos se enfrentan a la pornografía, suelen hacerlo desde dos puntos de vista opuestos. Por un lado, el más convencional y superficial, y por ello también el más difundido y cómodo, que es considerarla como una fuente de violencia y discriminación. Así visto, el consumidor de porno es un ser acrítico y abandonado a sus pulsiones que disfruta de la humillación, maltrato y perversiones que se presentan en la gran pantalla para él. Según dicha visión, el cine pornográfico no hace más que reforzar los clichés y tópicos de la sociedad en la que nace, como el sometimiento de la mujer al hombre, unas relaciones personales basadas en la humillación y el sacrificio de la racionalidad en aras del vulgar hedonismo.

Por otra parte se encuentran aquellos que, como la ensayista y crítica cultural Laura Kipnis, consideran la pornografía no como el detrito de la sociedad, sino como su espejo. Como explica en un estimulante artículo llamado «Cómo ver la pornografía», publicado en Bound and Gaged (Duke University Press), esta clase de contenidos audiovisuales son a una sociedad lo mismo que los sueños al individuo, y por lo tanto, pueden ser analizados de la misma manera que Freud hacía con estos. “La pornografía no es una predilección individual: es central para nuestra cultura”, explica. Frente a aquellos que consideran que el porno es acomodaticio, banal y peligroso, Kipnis lo reivindica como una de las grandes expresiones transgresoras de la era moderna, dispuesta a cruzar las líneas rojas para mostrar a la sociedad lo que realmente piensa (y teme).

Lo que el ojo no ve (pero el porno muestra)

Ante esa visión del cine erótico como extremación de las convenciones sociales, Kipnis explica que el porno conoce bien la sociedad de su momento y la deconstruye de forma semejante a como la haría un artista provocador o un sacrílego. Debido a que el escenario del porno es la fantasía, se trata de un género mitológico e hiperbólico, que sigue sus propias reglas… Y la principal es la transgresión. “Su mayor placer se encuentra en localizar todos y cada uno de los tabús y prohibiciones de la sociedad y transgredirlos sistemáticamente”, explica la autora, en un proceso al que equipara con el de los adolescentes que expresan su rebelión a través del sexo.

Ante todo, las transgresiones del porno son estéticas, explica Kipnis, y por ello, lo repulsivo (según los términos sociales convencionales) es esencial. En los diferentes géneros, el espectador puede observar cuerpos gordos, ancianos o incluso deformes practicando sexo: la apertura de miras del porno amateur o de los nuevos géneros se antepone de esa manera a “una cultura que ferozmente iguala la sexualidad con la juventud”. “La pornografía orienta la mirada hacia aquello que convencionalmente no se puede ver”, explica la autora, que recuerda que la pornografía, como el arte vanguardista, está lleno de shocks sensoriales y sorpresas estéticas.

Las violaciones de la pornografía de los códigos estrictos (que nos han sido impuestos desde la cuna) lo convierten en la cosa excitante y enervante que es.

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Incluso cuando el porno parece interiorizar las imágenes del mainstream, lo hace a través de otros procedimientos, como la caricaturización. Es el caso de los cuerpos extremos (pechos grandes, penes grandes) o las relaciones de sumisión (hombres negros de grandes miembros con pequeñas muchachas, colegialas y profesores, maduras y jovencitos) que presentan en pantalla. La excitación del porno no se obtiene, como se suele pensar, de la mera observación del acto sexual –pues si así fuese, la mayor parte de la producción no tendría ningún público–, sino en esa peculiar mezcla de la atracción y la repulsión. “Las violaciones tan específicas y calculadas de la pornografía de los códigos estrictos (que nos han sido impuestos desde la cuna) lo convierten en la cosa excitante y enervante que es”. En la experiencia del consumo pornográfico se mezclan el placer y el peligro, la excitación y la indignación: “El peligro y el escalofrío de la transgresión social pueden ser al mismo tiempo profundamente gratificantes y extremadamente desagradables”, explica la autora.

Cuando las fronteras entre lo privado y lo público desaparecen

¿En qué momento surge la pornografía tal y como la conocemos? Kipnis explica que esta sólo tiene sentido dentro de “un proceso civilizatorio cuyos instrumentos son la vergüenza y la represión”. La mayor ruptura del porno, y que forma parte esencial del mismo, no es ni la presentación de actos brutales en pantalla ni la asunción de nuevos roles sexuales, sino derribar una de las grandes convenciones de la sociedad moderna: la separación entre lo público y lo privado. Es en esa coyuntura histórica del surgimiento de la sociedad burguesa, en la que la privacidad es considerada como parte inseparable de la individualidad de la persona, en la que se debe entender el surgimiento de esta expresión.

El porno está ligado de manera estrecha con el desarrollo de la clase media y su defensa del individuo y sus deseos íntimos, un ser social que tiene derecho a desarrollar su potencialidad a través de su vida privada, pero que debe mantener esta fuera de la esfera pública. Es el mismo momento en el que las funciones corporales y sexuales pasan a ser consideradas como asquerosas o avergonzantes, algo que la autora data durante el primer Renacimiento, y que ha terminado por conformar un mundo lleno de eufemismos

En última instancia, la pornografía pone en tela de juicio los valores de las clases dominantes, como muestra la habitual confrontación entre las expresiones culturales consideradas como respetables (el teatro, la ópera o la literatura), racionales y juiciosas, y las deplorables, como la propia pornografía o la telerrealidad, que coincide en aquella en su “mal gusto”, pero también en la exhibición de todo aquello que la sociedad considera tabú. Si los rasgos deseables son “las buenas maneras, la privacidad, la ausencia de vulgaridad y la transformación de los instintos corporales en un comportamiento educado”, el porno debe mostrar todo lo contrario.

El porno debe ser bajo, vicioso, idiota, popular y definitivamente antirromántico

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“¿El porno nos de asco? Mejor”, escribe en Libération Agnès Giard a propósito del artículo de la ensayista estadounidense. “Cuanto más asco nos da, mejor representa su papel”. En resumidas cuentas, señala la autora francesa, “el porno debe ser bajo, vicioso, idiota, popular y definitivamente antirromántico”. Es decir, contraponerse a los valores de la sociedad para señalar cuáles son aquellas cosas de lasque no se puede hablar. A fin de cuentas, gran parte del contenido pornográfico no es más que una proyección de los miedos de las clases altas sobre las bajas, “brutales, animales, sexualmente voraces”, frente a la “racionalidad, contemplación e inteligencia” que supuestamente rigen nuestras vidas conscientes, pero que se resquebrajan ante la visión de la pornografía.
Informe 21