Catripetro*


Como olvidar aquellos momentos felices de mi infancia, cuando íbamos al cine con mi padre y mi hermano menor Víctor, no nos perdíamos películas del wester italiano y americano, con esos hombres rudos que montados en sus caballos mataban a los bandidos con una sola pistola o revolver y eran buenos con armas de fuego, blanca o a los puñetes.

Esos héroes de mi infancia me acompañaban hasta en mi barrio, que cuando nos elevábamos en el columpio, y estábamos alto, nos sentábamos y nos lanzábamos hacia atrás al vacío, dando una voltereta en el aire y caíamos parados, la cual la llamábamos la vuelta del Django (Yango), en homenaje a uno de los pistoleros de esa películas del lejano oeste.

Nuestra inocente vida, nos llevaba incluso a soñar que éramos los jóvenes de la película y tanto añorábamos y queríamos a esos valientes cow boy, que nos comprábamos cartucheras y pistolas a fogueo y en la plaza, jugábamos a ser niños vaqueros, donde hasta nos enfrentábamos a duelo.

Esos momentos no volverán y menos los niños de hoy reviven esas historias, ya no conocen y no les interesa esas historias, además, nuestros padres nos compraban revistas de historietas de ese tipo, como “El Jinete Fantasma”, “El llanero Solitario”, “Sunday”, “Far West”, “Opalon Cassidy” y hasta nos compraban pantalón de mezclilla marca “Pecos Bill”, que traían un cow boy con un rifle.

Que años aquellos, cuando el cine era parte de nuestras vidas y teníamos para escoger entre El Nacional, Coliseo, Municipal, Tarapacá y La Comaco, de propiedad de Ernesto Monrroy y estaba ubicado detrás de la Quinta Monrroy en la población O“Higgins, donde la sala no tenía butacas, sino que bancas de maderas y el que no alcanzaba donde sentarse, lo tenía que hacer en el suelo, ya que llegaba gente muy humilde y cuando Iquique llegaba hasta la avenida Salvador Allende, que en esa época era 13 Oriente y por el sur hasta Cuarta Sur, ahora Diego Portales, ya que después había quintas.

Con incendios y el progreso en Iquique, toda esa tradición cambió, ahora los iquiqueños ya no somos los mismos, nos quedamos con ese recuerdo y algunas revistas que todavía conservo en mi poder, más me transpiran los ojos cuando invoco esos años, los de mi niñez, la juventud, pero la sabiduría la conservo, para entregarla a las actuales generaciones, pero muchos de ellos creen que el mundo comenzó con su vida. Mientras yo, sigo pensando en los viejos vaqueros, y disparando tichun tichun, como en aquellos años dorados, cuando me reinventaba con mis cananas a la cintura y era el joven de la película de la vida.


*Edgardo Barría (Q.E.P.D.), escribió esta nota en el año 2009 para El Sol de Iquique.