PEPE CANCINO

En qué parte se perdió el rumbo de la cacareada democracia que se ofreció a los chilenos a fines de los 80, cuando con el pecho al frente fuimos a gritar y a marchar para que el dictador se fuera para su casa y Chile retomara el rumbo republicano.

Aún recuerdo el olor del agua de la alcantarilla que lanzaba el “Guanaco” y el chorro de sangre que corría por la cara de mi pareja de esos años, tras recibir un lumazo de un paco. En medio de la Alameda, cerca de la oficina del dictador un grupo de chilenos gritaba por libertad, por los desaparecidos, por la moral impuesta desde Cema por la “primera dama”.

Éramos jóvenes y algunos adolescentes que corríamos y gritábamos, mientras el ministro, el dictador y la Miss Universo nos enviaban a estudiar.

¿Qué pasó? ¿Qué hicimos mal? ¿No equivocamos? Preguntas sin respuesta a muchos años de esos hechos.

Quizás nuestra idea no era cobrar con la misma moneda las graves violaciones a los derechos humanos cometidas en esos años. La idea no era buscar revancha, pero sí retomar la democracia perdida en 1973. Restablecer los derechos de los trabajadores, de los profesores, de la mujer, simplemente democratizar la sociedad.

Pero esa llamada “democracia de los acuerdos” y todo “en la medida de lo posible” formaron una casta de políticos que hoy se han apropiado del poder,  de esa soberanía otorgada por nuestros votos.

Vivimos en un país donde los socialistas más parecen un partido de  derecha, una Democracia Cristiana que parece guiarse por protocolos de vida del siglo XIX. Un partido Comunista gozando de la garantía del poder y  dando de vez en cuando un grito en contra, casi para la galería.

Qué decir de la Derecha que no quiere que nada cambie y seguir abusando de una Constitución que exagera su representación. Con delincuentes de cuello y corbata que solo reciben una sanción “política”, cuando deberían estar en la cárcel por violar el sagrado voto de la democracia que los eligió.

Durante muchos años nos mintieron, nos decían que éramos los “jaguares de Latinoamérica”, que teníamos el mejor per cápita del continente, en un país desigual con poderes fácticos y aparatos represores como en la misma dictadura.

A lo mejor es tarde para las quejas de los que vivimos esos años 80, pero la esperanza surge en las nuevas generaciones, en nuestros hijos que de una vez cambien este sistema político que nos tiene amarrados para el beneficio de unos pocos.

Hoy tenemos la oportunidad de darles una patada en el culo a todos los corruptos, esos  que se benefician de la política y mejorar de una vez por todo el sistema democrático de nuestro querido Chile.