*DR. FRANCO LOTITO C. 

 

“Con los hombres, el estado normal de su naturaleza, no es la paz, sino la guerra” (Immanuel Kant).

 “Tanto anhelan los pueblos la paz, que convendría que los gobiernos y sus parlamentarios se hicieran a un lado para permitirles lograrla” (Dwight Eisenhower).

 

Desde hace un tiempo a esta parte, se debate en el parlamento, si el hecho de llevar una capucha sobre el rostro durante una demostración será considerada una falta o un delito.

Una “falta”, en Derecho Penal, es una conducta que pone en peligro algún bien jurídico protegible, pero que es considerada de menor gravedad y que, por tanto, no es tipificada como delito y el sujeto puede irse tranquilamente para su casa, en tanto que un “delito” es definido como una conducta típica, antijurídica y culpable, sometida a una sanción penal y a condiciones objetivas de punibilidad. Supone una conducta infraccional del Derecho Penal, es decir, es una acción tipificada y penada por la ley.

 

Bien, toda vez que muere alguien, que hay heridos graves, que se queman iglesias y edificios, que se causan destrozos millonarios a la propiedad pública y privada, que se asalta, destruye y desvalija a negocios, colegios y escuelas completas, sólo entonces salta la clase política y el gobierno –como si tuvieran un resorte en el trasero– escandalizados y horrorizados ante las cámaras de televisión, con el fin de condenar –por lo menos en público y para la galería– a los “delincuentes encapuchados”, a lamentar, con lágrimas de cocodrilo en los ojos, los hechos de “violencia extrema” que ha vivido el país, a rasgar vestiduras por la “muerte de gente inocente” y por los “millonarios destrozos” que ha sufrido la nación, etc.

 

No obstante lo anterior, luego de pasados unos días –pero ahora en privado– vuelven a ocupar sus reales posaderas sólo para calentar sus cómodos asientos, jugar a las escondidas y continuar con la defensa corporativa de la gentuza canalla, es decir, aquellos mismos violentistas que le permite a la clase política justificar que el país tenga “parlamentarios” de los mejor pagados del mundo, discutiendo inútilmente durante años, si llevar una capucha, con el fin de poder vandalizar, robar, destruir, atentar contra la vida de personas y realizar actos extremadamente violentos de manera impune, constituye un “delito” o una “falta”.

 

Desde hace un tiempo a esta parte, se debate en el parlamento, si el hecho de llevar una capucha sobre el rostro durante una demostración será considerada una falta o un delito.

 

Al parecer, la incompetencia y la ignorancia supina prevalece entre nuestros parlamentarios y autoridades de gobierno por sobre muchas otras cosas, y todos ellos desconocen un hecho básico acerca del alto nivel de destrucción y violencia que se produce, desde el instante mismo en que un joven decide ponerse una máscara o una capucha sobre su cabeza. A diferencia de nuestras “autoridades”, todos aquellos que estudiamos la conducta humana conocemos a la perfección que el uso de una capucha, una máscara o un disfraz conduce a un fenómeno que en Psicología Social se denomina “desindividuación”, fenómeno que tiene como consecuencia, la pérdida del sentido de identidad del sujeto, así como de responsabilidad personal ante los demás, al mismo tiempo que emerge un sentimiento de impunidad por los actos delictuales que se cometen cuando se está enmascarado, condición que permite sacar a la luz lo peor de los seres humanos, lo que incluye el uso consciente y premeditado de la violencia extrema: saquear, quemar, vandalizar, pegar, destruir, violar, torturar, matar.

 

Todos saben, asimismo –salvo, al parecer, nuestras autoridades– que la violencia es una forma de comportamiento que tiene la clara intención de lesionar a alguien, o de destruir todo aquello que el agresor (vándalo o delincuente) encuentra por delante, sin importar, si se trata de personas inocentes, de infraestructura de utilidad pública, de un patrimonio nacional, de una iglesia o de la imagen de un Cristo crucificado.

 

A diferencia de nuestras “autoridades”, todos aquellos que estudiamos la conducta humana conocemos a la perfección que el uso de una capucha, una máscara o un disfraz conduce a un fenómeno que en Psicología Social se denomina “desindividuación”.

 

 

El gobierno y los parlamentarios rezuman ignorancia cuando desconocen un hecho que fue probado científicamente hace más de 40 años por el Dr. Philip G. Zimbardo, psicólogo social, quién demostró, que el nivel de agresión de las personas puede aumentar considerablemente cuando se sienten individuos “anónimos”, tal como sucede, cuando estos sujetos se ponen una capucha o una máscara sobre su rostro, ya que por esta vía, las personas minimizan al máximo su responsabilidad social ante los demás, por cuanto, nadie sabe quiénes son estas personas, en función de lo cual, ninguna de ellas se siente responsable –ni tampoco puede ser responsabilizada  individualmente– por un acto de vandalismo conjunto y en masa.

A lo anterior, se debe sumar el llamado “efecto grupo” (o presión de conformidad grupal), que surge, cuando todos los miembros del grupo se encapuchan, condición que los lleva a estimularse unos a otros con actos cada vez más graves y violentos en una suerte de espiral, logrando generar –con gran facilidad– mucho miedo y temor en su entorno, ya que, como no pueden ser identificados ni reconocidos, ello conduce a una pronta deshumanización de los sujetos encapuchados, quienes, comienzan ahora a disfrutar los actos destructivos que realizan, especialmente, cuando dicho grupo experimenta la sensación de poder e impunidad que ganan sobre el resto de las personas de su entorno. Basta sólo recordar al Ku Klux Klan que linchó, quemó vivos, empaló y colgó a miles de negros en Estados Unidos, disfrazados  con sábanas de pie a cabeza y ocultos bajo unas máscaras.

 

Por lo tanto, el efecto desindividuación, sumado a la anonimidad entregada por la capucha, la deshumanización que experimenta el sujeto con cada acto sucesivo de agresión en espiral, el desprecio moral por la sociedad que los observa, así como el sentimiento de conformidad al resto del grupo de encapuchados, nos entrega el arma perfecta para la práctica de conductas agresivas sin límite alguno, que incluye la posibilidad de actuar como una “pandilla de asalto”, con el propósito final de golpear, torturar, quemar y matar a otras personas, si se diese la oportunidad.

 

Basta sólo recordar al Ku Klux Klan que linchó, quemó vivos, empaló y colgó a miles de negros en Estados Unidos, disfrazados  con sábanas de pie a cabeza y ocultos bajo unas máscaras.

 

La prueba final de todo lo que se ha planteado más arriba, nos la entrega el Dr. Zimbardo a través del siguiente experimento de laboratorio: en el año 1969, este investigador reclutó a decenas de estudiantes de sexo femenino, quienes debían administrar dolorosas descargas eléctricas a otras estudiantes mujeres en un experimento, donde se quería estudiar –supuestamente– la creatividad de las personas bajo condiciones de estrés y, por esta vía, verificar su desempeño bajo estas circunstancias. El grupo de jóvenes mujeres que administraría las descargas eléctricas a la otra mitad de estudiantes fue escogido al azar.

 

Estas jóvenes fueron divididas, a su vez, en dos grupos, en que la primera mitad debía usar grandes capuchas sobre sus rostros que impedían su identificación, en tanto, que la otra mitad mantendría su rostro al descubierto y su nombre estaría claramente escrito sobre su pecho. El Dr. Zimbardo se aseguró que las mujeres que aplicarían las descargas supieran que dichas descargas  eléctricas de 75 volts por cada error cometido provocarían mucho dolor a las jóvenes que harían de “alumnas”, y ellas sabían, asimismo, que no tenían la obligación de aplicar las descargas eléctricas.

 

No obstante estas facilidades, lo inesperado y sorprendente sucedió: las jóvenes encapuchadas –en cada ocasión y sin excepción–, aplicaron dos veces más descargas eléctricas en comparación con las jóvenes que estaban a cara descubierta y con su nombre en el pecho. Lo peor vino después: las descargas eléctricas se hicieron cada vez más frecuentes  y de más larga duración a medida que el experimento continuaba, no obstante, los fuertes gritos de dolor que lanzaban las jóvenes que recibían las descargas eléctricas. Lo que no sabían las estudiantes encapuchadas, era que las jóvenes que recibían las descargas eran actrices representando el papel de estudiantes, y que nunca recibieron descarga eléctrica alguna. Se entiende que el experimento no tenía intención de estudiar la creatividad, sino que estudiar y verificar qué haría una persona actuando bajo una máscara o una capucha que impedía su identificación.

 

De acuerdo con las observaciones del Dr. Zimbardo, las conclusiones de este experimento –que ha sido replicado con iguales resultados de violencia–, son muy claras: cuando una persona no tiene identidad y se hace anónima a través de esconderse debajo de una capucha, cuando no tiene nombre, no tiene cara y está libre de responsabilidad por sus actos, las cadenas de la inhibición, del respeto por los demás y del autocontrol sobre sí mismo desaparecen completamente del cerebro del sujeto, estando en condiciones de cometer actos horribles, actos que si la persona estuviera sola y a cara descubierta JAMÁS HARÍA. Esta conducta se agudiza de manera notable cuando esta persona, además, se mimetiza con otros sujetos encapuchados y se estimulan unos a otros: “Hacemos juntos lo que no haríamos solos y a cara descubierta”.

 

Cuando una persona no tiene identidad y se hace anónima a través de esconderse debajo de una capucha, cuando no tiene nombre, no tiene cara y está libre de responsabilidad por sus actos.

 

Bueno sería, entonces, que el gobierno y nuestros parlamentarios se “informaran” y se “educaran” un poco más acerca de esta notable –y conocida– investigación y que, de una vez por todas, tomaran una decisión que fuera coherente entre lo que dicen y aquello que hacen, dejando su legendaria hipocresía e indiferencia a un lado, con el fin de legislar en favor de todos aquellos ciudadanos que quieren para sí y para sus hijos una nación donde reine la paz, la tranquilidad y el respeto por el bienestar de los otros. Somos la gran mayoría de este país y lo queremos cuidar.

 

*Dr. Franco Lotito C.  –  www.aurigaservicios.cl

Académico e Investigador (UACh)

2 Comentarios

  1. Si alguien tiene curiosidad por profundizar más acerca de estas investigaciones, puede revisar el conocido y famoso experimento de la cárcel de la Universidad de Stanford, en que determinadas situaciones -como cuando una manifestación que comenzó en forma pacífica se «desborda» y comienzan a producirse actos violentos-, pueden asimismo, llevar a conductas extremas y vandálicas contra infraestructura pública y contra otros seres humanos que nada nos han hecho.

  2. La violencia que provocan en nuestra sociedad aquellas personas que actúan en grupo y cubiertos por una máscara o capucha, ha ido creciendo exponencialmente en varias ciudades de nuestro país. Este tipo de actos delictivos trae como resultado el uso de violencia extrema, maltrato de obra a carabineros, destrucción a la propiedad pública y privada y, lo más grave aún, que ocasiona la muerte de personas inocentes, que dicho en buen chileno, “no han tenido pito que tocar en las manifestaciones”.
    ¿Cuánta más destrucción, violencia extrema y muertes innecesarias tienen que producirse, para que los políticos encargados de legislar y endurecer las penas con el objetivo de condenar estos actos vandálicos, decidan, de una vez por todas, poner en acción todo el peso de la ley en forma ejemplar? ¿Cuánto más tiempo tiene que pasar, para que los políticos salgan de su zona de confort constante en el que viven, salgan de su habitual letargo y apatía, y se dediquen a hacer el trabajo por el cual se les paga un millonario sueldo que sale de los impuestos que, en menor o mayor medida, pagamos todos los chilenos, para que se nos proteja? ¿Cuándo va a ser el día, que en vez de andar jugando a los dimes y diretes, y de estar metidos en cuanto chanchullo político mediático sale en los medios de comunicación, tomen una decisión en favor de los ciudadanos que lo único que queremos es paz y tranquilidad para nuestro país? Porque para los chanchullos, los abusos de poder, para las mentiras, las estafas, el cohecho y pago de coimas, para todo eso sí tienen tiempo de sobra.
    ¡Qué despilfarro de plata que hace la ciudadanía al tener que financiar a una clase política que se ha distinguido, últimamente, por su comportamiento de sujetos sinvergüenzas y cara de palo!. Por dios que estafada me siento como chilena.

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