JUAN JOSE PODESTA

A la hora de almuerzo, nuestro santo bebedor  iquiqueño retrocede al mercado Centenario para comerse un pescado con arroz y chilena, y una copa de vino blanco.

Nuevamente por Amunátegui, trota hasta el Dándalo, una quinta de recreo en Sotomayor con Juan Martínez. Sitio discreto, más silencioso que el Chache y El Genovés, habitado por comerciantes y vendedores bolivianos, así como vecinos de El Colorado. Corre vino, cerveza y a veces destilados simples, como piscola. Dicen que el carrete bueno en el Dándalo (que tiene patente de Quinta de Recreo, quizás la única en Iquique) se da sólo entre el dueño y los más antiguos visitantes, a puertas cerradas, y en contada ocasiones.

El santo bebedor, ya bastante animado, puede decidir la ruta que estime conveniente al Bar Democrático, en Obispo Labbé, entre Serrano y San Martín. Allí abre las puertas a lo viejo oeste, enfrentándose a la barra, donde los clásicos ayudantes de Néstor, el dueño, le ofrecen una Cristal o Escudo, o una caña de tinto. Acá la mayoría es del club Colo-Colo, y se escuchan clásicos del rocanrol, o Charles Aznavour, o Los Gatos de Argentina, o Sandro. O se ven partidos. O las dos cosas. El Democrático debe tener poco más de 40 años, y quienes lo adoran no van al Genovés. Son dos equipos contrarios. Inter y Milán. El Colo y la Chile. El Genovés y el Democrático.

En el Demo, como le dicen los lolos de ahora, se puede hace hora hasta las ocho o nueve de la noche (el santo bebedor no trabaja), para irse conejeando hasta El Curupucho, en Aníbal Pinto, entre Thompson y Gorostiaga.

Si el santo bebedor tiene la suerte que Alfonso, su amo y señor, haya abierto (el Curupucho tiene un horario inversamente proporcional al ritmo del centro: puede estar cerrado dos días, abrir tres sólo por un par de horas, o sagradamente estar una semana funcionando), pide las típicas cervezas de medio, que es el sello del Curupucho, palabra que como el santo bebedor sabe, en quechua significa la punta más alta de un morro o terreno. Este bar cierra temprano, nunca después de las dos, aunque hay excepciones, y sus habituales son jubilados futbolizados y caballeros que uno jamás podrá saber a qué se dedican. El Curupucho es una fabulosa incógnita

Como el santo bebedor ya está con una sed de padre y señor mío, puede retirarse a sus cuarteles o aventurarse por los parajes indómitos de Paseo Baquedano, cuya música de moda, mesas con tablas de queso y actores ensayando en plena calle pueden herir su espontaneidad y ponerlo en alerta de convertirse en un baquedaniano, la raza enemiga de los santos bebedores.

Pero el santo bebedor decide lo primero. Allí duerme la mona, y al otro día, tipín media mañana, se va al Chache Schop a reponer el dañado templo. La aventura comienza de nuevo. Amén.