Por GONZALO VALLEJO

Hace mucho tiempo leí un libro de Edgar Morin relacionado con la muerte. Seguir con vida ya es casi un suplicio, un abanico de torturas, como las que sufrieron hace muchísimos años, en un país remoto que ya no existe, ni siquiera en mi imaginación, tres luchadores sociales y apodícticos humanistas.
Al terminar mi lectura, sueño con morir y que mis cenizas sean esparcidas por un viento huracanado en un lugar donde los enigmas ya no son enigmas. La música gregoriana que escucho, sin duda docta y que trasciende lo dogmático, relaja mi mente. Así mi angustia desaparece momentáneamente, al escribir este artículo, a pesar del recuerdo constante por los acontecimientos ocurridos en un pasado cruel y ya perdido. Estoy cierto que las últimas horas de vida fueron angustiosamente tranquilas para Manuel, Santiago y José Manuel. No tenían temor a desaparecer, ni a que sus cuerpos fueran carcomidos por una fauna cadavérica voraz que jamás perdona.
La soledad me acompaña desde hace muchos años cuando inicié una lucha silenciosa, guardando secretos inconmensurables. La soledad violenta del infierno encendió mi mente para escribir con obsesionada caligrafía mi tristeza lírica. Soñé que soñaba sueños alcanzables e incansables. Evoco a Santiago … Recuerdo a Manuel…y a José Manuel quienes fueron abatidos, gritando de ira, en un atardecer cuando sus gritos fatídicos desgarraban la neblina, cuando los tres fueron degollados por sórdidos, enfebrecidos y extraviados alieanados.
He comprendido que la muerte es carecer de dolor, de sufrimiento y de temores. Sólo extrañaré no poder escribir. Añoraré los años escribiendo versos implacables y el cantar de un inocente canario. Presiento que moriré mirando un océano con olas cansadas una tarde de otoño, en un tiempo triste, con aves melancólicas y flores difuntas, tiempo donde los muertos lloran por estar muertos, donde los muertos malos temen estar muertos y los muertos buenos…también. Aún así todavía creo que hay sueños y que el futuro estará lleno de luces que ríen y los escribidores se transportarán a un cielo de azules mariposas que volarán despreocupadamente.
Esta muerte llegará impura, opaca, cercana a un mundo acuático de lágrimas perdidas. La muerte será como todas las muertes. El corazón dejará de latir a las doce, medio día en punto, pues en ese preciso momento el reloj anunciará que el tiempo habrá terminado, doce sonidos que lentamente desaparecerán.
La muerte es codiciosa en su existencia. Nos reclama con pureza y perfección….es un silencio que se enfrenta a otro silencio. La imposibilidad de entender lo absoluto impide visualizar escenas grandiosas y enigmáticas. Las palabras ya se adormecen. Lo único que queda es esperar a que alguna vez, cuando en un tiempo impreciso la vida se apague, lo vivido se transforme en frágiles y huérfanas estrellas errantes. Mientras en una lejanía cósmica divisaré a Santiago…a Manuel… y a José Manuel, que agitarán sus manos para que me acerque a ellos y llegar así a la libertad…libertad que al final será lo más fácil.