Por GONZALO VALLEJO

Esta historia sinóptica no es ficticia y está inspirada en la extraña vida de un poeta chileno. Fue o es mi amigo. Fue o es un gran exégeta de la vida. Decía, él mismo, que era o es un escribidor fantasma. Le conocí hace muchos años cuando su vida transcurría mayormente en la clandestinidad literaria y política.

Era o es un ser adusto, raro, huraño y muy seguro de sí mismo. Su edad debe o debería bordear los ciento cinco años. Cómo no voy a recordar sus grandes recitales poéticos en las frías tardes de invierno, cuando pregonaba sus creaciones ante un público silencioso que escuchaba extático sus versos con la voz nerudiana que le caracterizaba.

Lector empedernido de Bukowski y de César Vallejo, creador críptico y con un febril estro lírico. Vida anfibológica, un desadaptado, un hombre misterioso, un bukowskiano consumado y consagrado, un ser mágico para las mujeres de aquella época casi victoriana e hipócrita, un típico epicúreo, quien sólo salía de su claustro o refugio, como le gustaba llamar al idílico y peregrino lugar que habitaba, para recitar lo imposible y en el cual sólo se escuchaba el maullar de un gato casi mefistofélico y el teclear de su máquina de escribir.

El gato, con extraordinarias virtudes humanoides, se llamaba o se llama Fausto ( creo que extrañamente aún vive ), era o es su amigo y confidente. Nunca me explicó la razón de esta insólita amistad. Fausto dominaba o domina el territorio donde ambos convivían o conviven con mutua hostilidad.

El escribidor estudió o estudia al Hombre, como gran buscador de la Verdad utópica que fue o es, con perspicacia implacable y obsesiva eficacia. Vivió o vive sumergido en una soledad casi imposible de comprender, la soledad cartuja, soledad que le llevó o lleva a buscar el amor más puro, pese a los límites de la existencia, que cualquier ser humano haya buscado jamás.

Escribía o sigue escribiendo sólo de noche, cuando las dagas nihilistas y los fantasmas de lo absurdo acosan o acosaban su atormentada mente. La última vez que le encontré fue en una calle lóbrega de París, calle melancólica y enfebrecida por las lágrimas de los poetas malditos.

Pude inferir, recién en aquel momento que encontró, a pesar de la imperfección humana, el amor perfecto, el amor bueno, el amor silencioso , el amor posible, el amor que aman los poetas, el amor incansable, el amor terrenal, el amor imposible, el amor eterno.

Debe estar descansando en un cementerio parisino o, si tuvo suerte, en el Père Lachaise, donde duerme Vallejo escribiendo aún sus humanos poemas. O quizás todavía vive oculto en algún conventual e incoloro lugar. Yo creo que el escribidor recuperó, por fin y sin saber, para sí mismo, la pureza de la poesía que hay o hubo en su enigmática vida.