Por GONZALO VALLEJO

Thèrese “voló en rebeldía” ( frase de una misteriosa escribidora ). Amó la libertad. Nació libre. Estaba predestinada a una corta, pero intensa vida. Thèrese contestaria. Thèrese progresista, conocedora de Recabarren. Thèrese vivió en Iquique empapándose de ideas solidarias y reformistas, Thèrese incomprendida, Thèrese idealista, Thèrese solitaria. Thèrese sintió el amor con romántica pasión, Thèrese amante, Thèrese nunca supo la razón por la que abandonó a sus hijas, Thèrese depresiva, Thèrese drogada, Thèrese suicida, Thèrese duerme en el Cimetière Père Lachaise de París, acompañada con Asturias, Comte, Piaf, Vallejo, Bizet y muchos otros seres extraños, atormentados, humanos y desadaptados.
Thèrese, la aristócrata, superó todos los obstáculos sociales de su tiempo, tiempo en la cual la mujer, sin exagerar, era una cosa que sólo servía para procrear y no pensar, jamás pudo soportar la mediocridad intelectual que la rodeaba y que indefectiblemente la llevó a trastornos depresivos recurrentes. El poeta, quien jamás pudo amar hasta ese momento , o mejor expresado, no sabía amar, conoció a Thèrese hace más de tres años en un extraño viaje que realizó a París, quizás llevado por una razón inexplicable y que trasciende toda lógica. Cuando el poeta la vió, una tarde gris de otoño, una estación siempre desolada, un tiempo en el cual la soledad agobiante mataba hasta los lirios entumecidos de frío, estaba sentada, bellamente sentada, sobre su tumba mirándolo con un gastado silencio y un sollozo de rostro desolado. Pudo verla, aunque parezca increíble, en su absoluta belleza, esa hermosura marmórea y transparente, ese cuerpo perfecto y no carcomido por la muerte. Realmente pudo verla. Solamente sus ojos glaucos y soñadores transformaron en palabras mensajes que sólo la mente del poeta escuchaba y en ese segundo se pudo dar cuenta que el amor que siempre buscó estaba en ella, en Thèrese, el amor que trasciende el misterio de la vida y de la muerte. Sólo supo que allí estaba el amor perfecto, la poesía esperada, en ese enervante y tormentoso cementerio parisino.
Thèrese desapareció, como siempre desaparecen las almas que verdaderamente son amadas con pureza de corazón. El poeta, quien nunca se recuperó de esta extraña visión, vive todavía como un monje urbano, solitario, acongojado y triste, sólo esperando reencontrarse con Thèrese, para descansar junto a ella como descansan Abelardo y Eloísa.
Este relato lo escribo con sigilo de fantasma inspirado en Teresa Wilms Montt, alma controvertida y brillante, una poeta alada, quien sólo resucitó para vivir un instante color otoño y seguir escribiendo amorosas y tristes palabras a través de la pluma del arcano escribidor.