Por GONZALO VALLEJO

A propósito de una entrevista televisiva al poeta Raúl Zurita, a mí entender el bardo más inteligente en la historia de la poesía chilena, pude percibir la gran consecuencia política de Zurita y la seriedad vital y corpórea como militante desde su juventud. Zurita, poeta del alma, poeta de estructuras invisibles y redentoras, poeta que sobrevivió a la dictadura por ese misterio, que a veces de manera extraña, la vida entrega a seres excepcionales para que puedan dejar con su obra un legado intelectual que toda nación necesita para que pueda desarrollarse en libertad, en cultura y creatividad, con igualdad de oportunidades laborales para todos, donde la salud y la educación sean las bases que puedan construir la modernidad con esperanza y solidez institucional. Los políticos realmente deben ser parte de este crecimiento ejemplar y donde la mediocridad sea enterrada definitivamente en el baúl de los malos recuerdos. Realmente los actuales políticos carecen del talento, de la capacidad, de la agudeza o de la lucidez, elementos necesarios, para comprender la visión futurista y consolidarnos definitivamente como un país serio y translúcido.
La consecuencia de tantos humildes anónimos, que han hecho de la política consecuente su instrumento legítimo para las reivindicaciones sociales y que han asumido la pobreza como una opción de vida. Por lo tanto, son un gran ejemplo que deberemos aquilatar en su magnificencia humana. Construyamos un país acorde a nuestra época donde la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad sean verdaderamente los tres conceptos fundamentales en el quehacer político. Hay que dejar de lado el dogmatismo y el fundamentalismo, para evitar el retroceso en las reformas orgánicas ya implementadas y que el simplismo no sea inherente a esta sociedad chilena tan mediocre y absorbida por un consumismo casi pútrido.
La consecuencia política es inteligencia cívica, solidez moral y discernimiento abstracto. Tenemos el derecho de exigir a los políticos todo el esfuerzo y el trabajo para que ejerzan con calidad las tareas que les hemos encomendado. Evitemos la incuria y luchemos por la reivindicación de una nueva política justa donde la Humanidad deberá ser la columna principal en la neo-estructura política. Rechacemos con energía y desprecio a los candidatos que voluntariamente y con absoluto conocimiento de causa se transforman en vulgares empleados de los grandes consorcios empresariales y en ejecutores de una corrupción ya casi institucionalizada. La juventud, los desencantados y la gente sencilla deben volver a votar por candidatos que sean adalides consecuentes en su pensamiento político para desterrar de manera definitiva cualquier atisbo de inoperancia política. No olvidemos la consecuencia formal, el ejemplo de Zurita y de tantos otros… tantos… Recuperemos la decencia.