Víctor Guerrero Cossio. Dr. En sociología, Académico UNAP.

La ciudad de Iquique muestra evidentes transformaciones que se expresan en múltiples sentidos, resaltando la mayor y más variada población; la ampliación hacia el extremo sur del espacio urbano; la multiplicación de edificios de gran altura; la presencia de diversidades culturales.
Son los aspectos claros y luminosos de la modernización urbana que hoy nos toca vivir.
Sin embargo, hay espacios que han cambiado menos e incluso han empeorado. Son los habitantes excluídos y como se dice hoy, superfluos o seres sobrantes de este modo de acumulación capitalista del Siglo XXI. Habitan en los campamentos de la periferia, se hacinan en viviendas antiguas del centro de la ciudad, desempeñan empleos de baja calidad y carecen de previsión social. Sufren xenofobia y clasismo.
Estos son los aspectos oscuros del siempre naciente nuevo Iquique.
Pero la Tierra de Campeones se ve con distintos lentes y estos entregan diferentes visiones y perspectivas, afines a la posición social de los observantes del nuevo cuadro social. Algunos ponen atención al crecimiento de su economía, a los nuevos y lujosos edificios; también al incremento del Ingreso per cápita de la región de Tarapacá que aseguran ha superado los US$ 20.000 anuales; y otros bienes materiales que hoy cierta población disfruta.
Otros enfatizan en los campamentos y hacinamiento, en la falta de empleo y bajas remuneraciones.
Y sin embargo, muchos hablan de este nuevo Iquique como un todo homogéneo, expresión que no es verdadera ni tampoco reciente debido a las constantes transformaciones de una ciudad muy dinámica, habitualmente repoblada a causa de los atractivos laborales que han presentado históricamente sus ciclos económicos.
También la denominación Nuevo Iquique se ha referido a la expansión territorial urbana hacia el extremo sur: en los años 60 a Playa Brava, en los 80 a Bajo Molle. En los 90 la dinámica urbana escaló los cerros y se situó en Alto Hospicio, mientras que en la actualidad el desplazamiento es hacia el borde costero sur: Playa Blanca y Lobito. Y Chanavayita, que empieza a mutar de caleta a balneario.
Por cierto estos cambios en la configuración urbana, en su origen y procesos, obedecen a diversos factores y no sólo de orden económico, que en el caso particular de Iquique son geográficos, políticos y culturales, los que a veces perjudican o agravan condiciones adversas ya existentes.
Así, en la última década el brillo económico de la efímera riqueza minera se diluye frente a la exuberante inmigración poblacional que rebasa la capacidad de los servicios estatales existentes. También el centralismo político existente en nuestro país es un factor relevante pues la creación de riqueza se contradice con la insuficiente destinación de recursos fiscales para financiar sus necesidades. Y cultural, pues aun cuando la diversidad es un bien, mientras se produce la integración social se producen males asociados a la difícil convivencia urbana.
Son las contradicciones sociales de nuestra actual realidad y es el Iquique real, al que deben referirse con urgencia las necesarias políticas públicas y solidaridad institucional, es donde debe estar el nuevo Consejo Regional, invirtiendo en los más desposeídos y nudos urbanos que afectan a todos.