Por Gonzalo Vallejo

Este día es un día muy especial. Este día es un día de recuerdos estrangulados y de gritos olvidados. Este día es un día de reflexión en el cual sonrientes multitudes ejercitarán individualmente el más preciado de los derechos que tiene el ser pensante: la libertad de conciencia. Este día es un día en el cual recuerdo a Roberto Parada, actual habitante de lejanas estrellas y de aguas habitadas por cisnes silentes.
El actor de voz tempestuosa, de voz decorada con cisnes insonoros, soñó con el ideal redentor para un pueblo oprimido por una dictadura bárbara que exudó muerte, tortura y exilio, falleció de pena aquel diecinueve de noviembre en el suelo frío e incoloro de Gorki y de Chéjov, en un tiempo triste, angustiante y heroico, recordado por cisnes de aguas milenarias ¡ Qué absurdo resulta morir de pena ¡ ¡ Qué absurdo resulta pensar en el ardiente silencio de esa época ! ¡ Qué absurdo resulta saber con impotencia el vil asesinato inmisericorde de un hijo ¡ Los cansados élitros de Roberto se desplegaron con melancolía hacia lugares ya no terrenales. Su muerte, infinita y letárgica, fue como la muerte de un gladiador, altiva y flagelada. La muerte de José Manuel fue su muerte presumida, fue su muerte esperada. No pudo. No quiso sobrevivir. Se apagó como si inesperadamente desapareciera el vépero en la inmensidad de galaxias angustiadas.
Roberto jamás se sometió a los dictámenes ni a los designios malévolos de una tiranía enferma y soberbia. A pesar de los ruidos metálicos que escuchaba y de los ojos vigilantes que le acosaban como cuervos tenebrosos, llevó su vozarrón atronador y vital al teatro de la vida, vida solidaria, vida paterna y enaltecida por su constante lucha por los humillados, vida que le condenó a la más terrible tragedia por la que puede pasar un ser humano. Aquella noche de un terrible día diecinueve, de un mes de marzo de poesía reprimida, de un año ya extraviado en el tiempo, Roberto con voz sobrecogedora anunciaba con ardientes y sollozantes palabras que su tiempo terminó por la crueldad y la deshumanidad de seres inhumanos.
Aquella noche, noche clandestina y amarga, se plantó quizás una de las tantas semillas para recuperar la esperanza legítima y el color de flores florecidas. Roberto Parada, con la pena del hombre herido se fue extinguiendo, triste y silencioso, como el cisne de Neruda. Sólo un ser excepcional, sólo un artista muere abatido por el dolor. Sólo Roberto, antes de partir, alcanzó a escuchar con sobrecogedora tristeza el cantar silencioso de los cisnes.