Por Gonzalo Vallejo Legarreta

Las flores, las simples flores que relumbran páramos heridos. Flores de la vida. Flores de la muerte. Flores hurgadoras que coronan dos mentes florales y de amores eternos. Ví volar, en un extraño desierto florido, a dos flores tristes y profanas. Azucena nació para cantar. Cantó canciones irreverentes, cánticos florales, de amores tormentosos, de amores no banales. Cantó a su verdadero amor, a su amor inolvidable, a su silencioso amor que traspasa el tiempo invisible, a su amor extinto y yacente en sonidos ausentes, a su amor de flores escarlatas, a su amor perfumado, a su amor besado por flores mudas , a su amor perceptible, a su amor caótico, a su buen amor, a su amor enfebrecido, a su amor decidido, a su amor de exóticos acordes, a su amor musical, a su último amor. Azucena caminó por avenidas purpúreas de bugambilias jubilosas buscando escuchar el canto perenne de la acacia lunar. Vivió como sirena fecundada por lotos esenciales en aguas áridas surcadas por pétalos de plumaje albo. Cantó como sólo ella sabía hacerlo en suelos milagrosos de hojas rojas. Azucena endémica. Bella Azucena atiborrada de recuerdos inclementes partió inesperadamente a la oscuridad del bosque terrenal. La voz de Azucena se escucha de vez en cuando en crepúsculos inocentes, esa voz que esgrime con pálida melancolía lágrimas de gladiolos florecidos y de corazones sangrantes.

[quote]Cantó canciones irreverentes, cánticos florales, de amores tormentosos, de amores no banales.[/quote]

Margarita. Margarita amarilla de pétalos pintados con pincel cárdeno. Margarita sin explicaciones. Margarita de amores intensos y sin respuestas. Margarita nació junto a la muerte. Pintó su inteligencia bizarra, su amor apasionado a hombres y mujeres, pintó su alma en jardínes de orquídeas hermafroditas. Amó amores prohibidos y no prohibidos, sólo alguien como ella pudo amar de tal manera, amó las flores, esas flores rojas de ninfas deíficas que coronaban su alma dañada y cuerpo enfermizo. Margarita sufriente amó la libertad como amó a los humildes y pobres cardenales desolados. Margarita amó el amor perfecto, aquel amor desolado y lilial, que plasmó en sus telas petrificadas de sangre e inmenso dolor. Pintó flores desesperanzadas y a la vez apasionadas, tan efímeras como su vida. Pintó nardos injuriados y ramos sencillos de estalactitas adosados a su corazón ornado de sombras resecas. Margarita sufrió toda su vida como sufren los claveles mancillados. Margarita no pudo seguir viviendo. Su dolor se hizo inmarcesible. Sólo le faltó pintar el amor definitivo y no asido. Margarita. Color de ictericia. Margarita bonita.
Azucena y Margarita nunca se conocieron. Vivieron tan lejanas como líquenes antárticos y flores desérticas. Vivieron en épocas tan diferentes que ni la física cuántica ni una hortensia solar podrían haber unido a estas almas tan iguales. Sólo las unía su amor por las flores. Ahora vuelan por trebolares con semblantes fantasmales.