Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, Escritor e Investigador (UACh)

Dulce es la venganza, sobre todo para las mujeres” (Lord Byron, poeta inglés).

No cabe duda alguna, que en torno al proceso de “querer tomar venganza” sobre aquel sujeto que nos ha hecho daño, hay una serie de emociones directamente involucradas: rencor, amargura, resentimiento, rabia, odio, desdén, orgullo herido, etc.

De acuerdo con diversas investigaciones, la conducta de venganza tendría profundas raíces biológicas en los seres humanos y refleja lo que los expertos llaman un “primitivo sentido de la justicia”.

Los investigadores y neurocientíficos que se han dedicado a estudiar este fenómeno, señalan que cuando una persona es ofendida, de inmediato se “encienden” en su cerebro las mismas zonas cerebrales que trabajan cuando alguien se prepara para comer o para satisfacer un deseo, con la diferencia que en el caso de la ofensa, el individuo ofendido se prepara para devolver la ofensa (o el golpe) a su agresor.

El Dr. Eddie Harmon-Jones, un neurocientífico de la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos, ratifica lo anterior, afirmando que cuando una persona es agredida, el cerebro del sujeto ofendido (o agredido) experimenta un verdadero estallido neuroquímico con mucha actividad cerebral en la zona prefrontal, zona que ha sido relacionada con el manejo de las normas y el equilibrio social, y este estudioso coincide con los demás investigadores en que correspondería, efectivamente, a la misma zona que se activa cuando la gente se dispone a alimentarse, o bien, cuando desea cumplir con algún intenso anhelo interno y –en el caso de la venganza–, de lo que se trata, es, precisamente, el deseo por parte del sujeto de recuperar el equilibrio perdido, por intermedio de una acción tan simple y básica como “devolver el golpe recibido”.

Es, justamente, aquella sensación de “desequilibrio interno” que experimenta la persona, luego de haber perdido algo como consecuencia de una afrenta o de una agresión, la que explicaría ese instintivo y casi universal deseo de venganza, que ha sido estudiado en diversas culturas, y que se presenta en todas ellas con la misma fuerza y potencia.

El Dr. Harmon-Jones afirma que cuando “una persona es agredida, algo pierde el sujeto, y en la búsqueda de una venganza, el individuo lo que desea es hacerle lo mismo a aquél que lo ofendió o que le hizo daño”, lo cual, cumpliría una suerte de “función psicológica del tipo reparatoria”, a través de la cual, el ofendido recupera el equilibrio perdido a través de la agresión/ofensa, quedando ambos en igualdad de condiciones.

Ahora bien, la recuperación de dicho equilibrio no pasa única y exclusivamente por golpear de vuelta al ofensor, ya que la verdadera satisfacción de una acción de revancha proviene de una exposición pública de quién cometió la falta.

El Dr. John Darley de la Universidad de Princeton se suma a lo señalado por el neurocientífico Eddie Harmon-Jones, afirmando que un “ofensor expuesto públicamente ante todos, hará más feliz al ofendido que cualquier otra cosa”.

Diversas investigaciones realizadas en Estados Unidos en el área de la neurociencia demuestran que, una vez que ha sido llevada a cabo el acto de la venganza, el sujeto ofendido experimenta una satisfacción placentera similar a la que se siente cuando uno come un buen trozo de chocolate.

Por otra parte, es preciso poner atención en aquellos casos en que la afrenta que le ha tocado vivir a una persona no es “proporcional” –por decirlo de algún modo– a la venganza que desea llevar a cabo el sujeto ofendido, en cuyo caso, se podría pensar que hay un aspecto anormal en la reacción y que, eventualmente, podría ser, incluso, algo riesgoso para la integridad del propio sujeto que ha sufrido la afrenta.

La razón es muy simple: cuando el deseo de buscar la revancha alcanza ribetes patológicos, en ese caso, la venganza en sí misma se convierte en el “eje central de acción y de vida” por parte de ofendido, quien termina por olvidarse, incluso, de su propio bienestar, tranquilidad y seguridad en la búsqueda de satisfacción personal. Una muestra de esta situación, se produce cuando, por ejemplo, una mujer es abandonada o traicionada por su marido (o pareja), quien comienza una nueva relación amorosa con otra mujer. Una primera reacción por parte de la mujer abandonada será hacer todos los esfuerzos e intentos para que la nueva relación de su ex pareja fracase, convirtiendo ese deseo de venganza en su principal motivo de vida, olvidándose de algo muy importante: de ella misma, de su dolor, de su frustración, de su necesidad de sanar y recuperar su equilibrio interno. Si esa fuera la fórmula escogida, entonces estaríamos frente a una conducta de tipo patológico y enfermizo.

Otra fórmula de venganza por parte de la mujer que ha sido engañada por su pareja, es pagarle a éste con “la misma moneda”, es decir, siendo ella también infiel. No obstante lo anterior, aquella mujer que utiliza esta “estrategia de venganza” buscando devolver el golpe que ha recibido, no borra con ello, la infidelidad y el engaño a manos de su pareja. Lo que sucede, en realidad, es que el sujeto que ha sido infiel queda ahora en la misma condición en que quedó ella, con lo cual, ambas personas terminan por advertir, que nunca más podrán volver a recuperar una “relación de pareja normal”, por mucho que una de las partes muestre un genuino arrepentimiento.

Una fórmula más extrema de venganza patológica –que se produce más a menudo de lo que se piensa– es cuando la mujer despechada intenta asesinar, ya sea a la esposa de su ex amante, o a la amante de su esposo, o bien, a ambos. Se entiende, que esta fórmula también funciona al revés, es decir, el hombre despechado asesina –en venganza– al objeto de su amor y, asimismo, a aquel sujeto que tuvo la mala idea de entablar una relación amorosa con su mujer.

Como se comprenderá, en ambos casos, el nivel de satisfacción personal por el acto de venganza llevado a cabo –de corte muy violento–, sólo será de muy breve y efímera duración, debido a las serias repercusiones legales que tal acción traerán consigo.

Lo mejor –y lo más recomendable– en este tipo de situaciones, es que la persona busque apoyo y ayuda profesional, con el objetivo de sanar internamente, recuperar el equilibrio emocional y rehacer su vida con alguien que sepa valorar a la persona que se tiene en frente. De otra forma, el sujeto corre el serio riesgo de tirar –inútilmente– toda su vida por la borda.