Fue una escena impresionante. Dos vehículos de lanzamiento espacial Falcon Heavy realizaron un aterrizaje vertical sincronizado y, minutos después, el mundo ya contaba con otra imagen histórica: la de un auto deportivo rojo surcando el espacio en la órbita de la Tierra.

El 6 de febrero SpaceX, la compañía aeroespacial de Elon Musk, también director de Tesla, consiguió lanzar el cohete más grande desde el Saturno V, que formaba parte del programa Apollo.

Pero no todos lo celebraron.

Unos lo vieron como una inyección para el sector espacial.

Otros, como una obra maestra del marketing.

Y algunos simplemente lo consideraron un pedazo más de chatarra que contamina el universo.

Más de medio millón de piezas del tamaño de una pequeña piedra ensucian la órbita terrestre.

A estas se suman otras 20.000 de mayor dimensión que incluyen desde un guante perdido por un astronauta hasta una nave dada de baja y cohetes en desuso.

Nos embarcamos en una nueva carrera espacial que esta vez tendrá más competidores, ya que países como China e India también quieren participar en la exploración del cosmos.

La siguiente generación de científicos espaciales se enfrentará a un gran reto: conseguir que la nueva ola de logros en el universo sobreviva a este cinturón de chatarra que no para de crecer y que puede ser letal.

“Los restos milimétricos representan el mayor riesgo de penetración debido a la alta velocidad con la que impactan con la mayoría de naves operacionales en la baja órbita terrestre”, asegura el jefe de científicos de chatarra espacial de la Nasa, Jer Chyi Liou.

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