Dr. Franco Lotito C. – www.inversionesauriga.clAcadémico, Escritor e Investigador (PUC-UACh)

La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia” (Mahatma Gandhi, pacifista, político y abogado de origen hindú).

El título con el que se ha iniciado este artículo, es lo que confirman numerosos estudios internacionales que han sido publicados en diversas revistas científicas de Neuroendocrinología y de Desviaciones Psicopatológicas, investigaciones que se dedicaron a analizar la conducta, reacciones y diversos indicadores biológicos en miles de niños entre los 8 y los 13 años, con resultados que –a la vista del comportamiento violento, desproporcionado y, a menudo, con características delincuenciales de los menores, que hoy se advierten–, ya no sorprenden.

Una de estas investigaciones de la Universidad de Pensylvannia fue dirigida en el año 2017 por la Dra. Elizabeth Susman, cuyos estudios se focalizan, principalmente, en cómo los cambios neuroendocrinos en los niños se relacionan con cambios en las emociones y en el comportamiento antisocial durante la transición reproductiva y, específicamente, durante la etapa de la pubertad. (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/28043239).

El grave problema radica en que si hace diez años atrás, el promedio del inicio de la pubertad en los hombres era –en promedio– alrededor de los 12,5 años, hoy esa edad se ha reducido a menos de 11 años, en tanto que en países clasificados como “desarrollados” –como es el caso de Estados Unidos–, la edad promedio del comienzo de la pubertad masculina se ha visto reducida a 9,7 años, con los numerosos problemas que ello ha implicado.

En función de lo anterior, todos los indicadores apuntan a un hecho que no podemos dejar de observar con mucha atención y con gran preocupación: el inicio adelantado de la pubertad está influyendo directamente en el incremento de las conductas antisociales en los niños, debido, principalmente, a que sus cambios físicos no van a la par con los cambios de maduración que se producen en su estructura cerebral, por lo cual, a los niños les cuesta mucho más controlar las conductas agresivas y violentas que se producen, a raíz de los cambios hormonales.

El segundo grave problema, es que la edad de inicio de la pubertad también afecta a las niñas, lo que ha provocado, que en las últimas dos décadas, la edad promedio de inicio del desarrollo reproductivo se ha reducido en un año, es decir, desde los 10 años promedio a sólo 9 años. La particularidad de este fenómeno, es que se presenta por igual en todos los estratos sociales y estaría gatillado por el aumento del sobrepeso infantil, por la ingesta de hormonas del crecimiento contenidas en muchos alimentos, así como por la abundancia de sustancias químicas en el ambiente derivadas de cientos de insecticidas y herbicidas, así como la presencia de miles de envases plásticos por todas partes, incluyendo nuestros hogares, especialmente, cuando calentamos en el microondas las comidas ya preparadas que vienen, precisamente, en envases plásticos, cuyas toxinas y elementos químicos son traspasados a los alimentos.

Ahora bien, en el caso de aquellos niños que experimentan una pubertad más temprana, ellos producen grandes cantidades de testosterona, una hormona que tiene efectos morfológicos, metabólicos y psicológicos, que se asocia, asimismo, a la presencia de agresividad. Si a lo anterior, le sumamos que el desarrollo físico –estirón, espinillas, características sexuales secundarias, etc.– no va de la mano con la maduración del cerebro, tendremos, lo que se ha dado en llamar “los días de furia” del menor, por cuanto, diversos expertos en psiquiatría y psicología señalan, que cuando se produce una descoordinación entre el desarrollo físico y el emocional, ocurren diversos problemas de conductas, problemas que, a menudo, pueden sintetizarse bajo el concepto técnico de “conductas antisociales”.

Ahora bien, el término “comportamiento (o conducta) antisocial” se utiliza para describir la conducta deliberada de un determinado sujeto –en este caso, de un menor– que se considera perjudicial, dañina o peligrosa para la sociedad, tales como: uso desmedido de la violencia por falta de control de impulsos, ausencia de empatía, presencia de crueldad en sus actos, utilización de mentiras y engaños, agresión a personas –incluyendo a los propios padres– y maltrato animal, destrucción de la propiedad pública y privada, hurtos y robos con violencia, deserción escolar, vagancia y problemas continuos con la ley, relaciones de tipo abusiva hacia otras personas, violaciones de las normas sociales, etc.

Digamos finalmente, que el desarrollo del cerebro de un niño es un proceso bastante complejo y que requiere de un tiempo de maduración, ya que representa una etapa donde el niño debe adquirir ciertas habilidades previas con el fin de avanzar hacia una etapa de nivel superior. De modo que si los cambios son bruscos y en un muy corto lapso de tiempo, el resultado es la ausencia de todos los elementos necesarios para el normal desarrollo del sujeto, lo cual, conduce, generalmente, a la ocurrencia de conflictos de todo tipo.

La razón es muy simple: si la serie de cambios físicos y biológicos que se producen en los niños no van acompañados de los cambios psicológicos que se requieren, el resultado final que tendremos, serán púberes con cuerpos de adolescentes pero con reacciones y emociones de un sujeto con absoluta falta de control de impulsos, lo cual, en definitiva, lo puede conducir por el camino de la violencia y del comportamiento antisocial.

Para probar lo anterior, los científicos tomaron miles de muestras de saliva para medir una hormona llamada “alfa amilasa”, cuya presencia en bajos niveles ha sido vinculada a un mayor nivel de conductas agresivas. Por esta vía, identificaron que aquellos menores que experimentaron una maduración sexual temprana tenían un menor nivel de esta hormona y, en consecuencia, exhibían un comportamiento más antisocial, así como el quebrantamiento de reglas y leyes, que aquellos que maduraron sexualmente de forma más tardía, es decir, después de los 12 años.