Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, Escritor e Investigador (PUC-UACh)

No queremos que las grandes masas sean ricas, educadas e independientes. De otra forma… ¿cómo vamos a someterlas, controlarlas y gobernarlas?” (Friedrich von Gentz, político alemán del siglo XVIII, acérrimo defensor del “antiguo orden”, impuesto por la clase aristocrática y política. Una fórmula de gobernar, que continúa vigente e imperando hasta el día de hoy).

En Chile, podemos aspirar a tener democracia, o bien, podemos tener la mayor parte de la riqueza nacional concentrada en las manos de una élite minoritaria, pero, definitivamente, no podemos tener ambas cosas al mismo tiempo.

Nadie desconoce los enormes recursos y riquezas naturales que posee nuestro país, ya que da lo mismo donde usted cabe un hoyo: en ese hoyo, usted encontrará grandes yacimientos de cobre, molibdeno, oro, plata, litio, etc.

Tenemos una línea de costa de 6.435 kilómetros de longitud, con una riqueza marina e ictiológica incomparable, disponemos de majestuosas montañas que son la envidia de cientos de países, tenemos una maravilla de desierto en el norte de nuestra nación con los cielos más límpidos del mundo, tenemos grandes bosques de todo tipo en el centro sur del país, hay decenas de glaciares espectaculares, con lagos y ríos por doquier, etc. Sin embargo, la mayor parte de esta gran riqueza está concentrada en las manos de unas pocas familias que representan la élite nacional. Para qué hablar de la concentración del poder político, el cual, demasiado a menudo, está directamente asociado con el poder económico.

Lo nefasto y frustrante de esta situación, es que aquellos que tienen el poder político y económico “organizan” las instituciones, las leyes y los organismos del Estado de tal forma, que les permite garantizar –con gran impunidad, por cierto– la continuidad de su poder, lo que lleva a que las personas “comunes y corrientes” –los ciudadanos de “a pie”– se sientan frustradas, impotentes y escindidas de sus instituciones, al considerarlas ajenas y, a menudo, hostiles a sus necesidades: vaya un ciudadano pobre a “exigir justicia” en los tribunales de Chile, o a pedir un préstamo a los grandes bancos del país, o exija una atención digna y oportuna en los hospitales públicos, y recibirá un portazo directo en las narices (cuando no otra cosa peor).

De acuerdo con un estudio de la OCDE, así como con un informe de CIPER Chile (Centro de Investigación Periodística de Chile) -algunos de cuyos datos fueron suministrados por la conocida Revista Forbes, revista dedicada a estudiar la riqueza acumulada por los “súper ricos”-, sólo cinco chilenos –Luksic, Matte, Paulmann, Angelini y Piñera– “ganan los mismo que un millón de chilenos cada uno”. Si esto no es una distribución desigual de la riqueza, no se me ocurre qué otra cosa podría ser. (Fuente: http://ciperchile.cl/2012/01/23/%E2%80%9Cluksic-angelini-matte-paullman-y-pinera-cada-uno-de-ellos-gana-lo-mismo-que-un-millon-de-chilenos%E2%80%9D/).

El grueso de la población de Chile sigue siendo pobre, porque continúa siendo gobernado por una reducida élite política y económica que ha organizado a la sociedad y al país de manera tal, que todo lo que hace, lo hace en su propio beneficio y a costa de la mayor parte de la población.

Sólo un par de ejemplos: de acuerdo con un estudio de los profesores Ramón López, de la Universidad de Maryland, y Eugenio Figueroa, de la Universidad de Chile, el “90% de la evasión tributaria la realiza el 5% más rico de Chile”, en tanto que el mismo sistema tributario ha permitido que unos pocos mandamases de sectores como la minería, la pesca y los bancos, es decir, los mismo sujetos de siempre consignados más arriba –y algunos pocos más–, se apropien, de manera arbitraria, de las llamadas “rentas económicas” –riquezas que son generadas por diversos agentes económicos más pequeños y modestos–, gracias a las exenciones de impuestos, la venta de empresas públicas y los “perdonazos totales” a sujetos como: Carlos Délano, Carlos Lavín, Andrónico Luksic, Julio Ponce Lerou, Pablo Longueira, Iván Moreira, Jorge Pizarro, Fulvio Rossi, Pablo Wagner, Marco Enríquez-Ominami, etc., etc., etc., por estafar al SII, emitir facturas y boletas falsas, cometer delitos de cohecho y malversación de fondos, por comprar –los primeros cuatro–, a políticos de todos los colores, y venderse éstos a los grandes empresarios, por montos de miles de millones, con el fin de aprobar leyes “a la medida” de los grandes empresarios. A lo anterior, se suman los “privilegios especiales” que les han sido entregados a estos sujetos –gratuita y graciosamente– por el Estado de Chile (donde, por cierto, las personas que tienen el control, son las mismas que se apropian de estas rentas económicas).

Todos estos sujetos funcionan bajo una fórmula que Adam Smith –economista y filósofo escocés, llamado el “padre de la economía”– llamó “la máxima canalla de los amos de la humanidad”, a saber: “Todo para nosotros y nada para los demás”. Esto por un lado.

Por otro lado, tenemos a una gitana que fue condenada en Chile a 541 días de cárcel efectiva por “estafar” a un cliente en $20.000 (sí señor, usted leyó bien, ¡veinte mil pesos!), cuando le estaba “viendo la suerte” a su cliente. Esto es lo que sucede, cuando los poderosos tienen el dinero, el poder y las leyes en sus manos.

En los últimos años, el poder político se ha concentrado en muy pocas personas y se lo ha utilizado para crear una gran riqueza para todos quienes comparten una cierta ideología, dando exactamente lo mismo, que se trate de un gobierno de izquierda o de derecha. (Los de izquierda, por ejemplo, son de izquierda, hasta… que se enriquecen y se llenan los bolsillos). O bien, tenemos a sujetos que pertenecen a una reducida élite –al estilo de la antigua aristocracia–, ostentando sin contrapeso dicho poder, junto a sus respectivas familias.

Otros países de Asia y Europa, en cambio, se han hecho más igualitarios, porque sus ciudadanos terminaron derrotando –y en algunos casos– incluso derrocando a las élites que controlaban el poder y la economía de la nación, creando una sociedad en la que los derechos políticos, los recursos económicos y la riqueza están mucho más y mejor repartidos. Son sociedades más igualitarias –tales como Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Singapur, etc.–, en las que los gobiernos están obligados a rendir cuentas a los ciudadanos, y en las que la gran mayoría de la población puede aprovechar las oportunidades económicas que se ofrecen, en función de sus méritos y competencias, y no en función de sus privilegios y/o pertenencia a una élite o a una determinada ideología política.

En lugar de transformar la sociedad chilena en una más justa, la actual forma de gobernar, ha conducido a que en cada ocasión una nueva (o incluso una “vieja”) élite política y económica se adueñe del poder político y se “aperne” en él, una y otra vez, con el fin de extraer el máximo de riquezas y beneficios económicos. Una élite, que hoy en día, está tan poco interesada en lograr la prosperidad de los ciudadanos chilenos de a pie, como lo fueron las anteriores.

La “alegría” que, alguna vez, se suponía iba a traer la Concertación –luego “Nueva Mayoría”– a la población de Chile, nunca fue tal. Nunca. Lo único que hicieron la Concertación y la Nueva Mayoría fue arrebatarles el poder y las riendas del país a aquellos sujetos que las tenían antes, para terminar RECREANDO un sistema igual –en cuanto a extraer riquezas y bienes en beneficio personal– al que se suponía debían reemplazar. Bajo esta forma de gobernar, se hace tremendamente difícil que los ciudadanos “corrientes”, los ciudadanos de a pie, logren un verdadero poder político y puedan cambiar la forma de funcionar de la sociedad.

Es más. Lo que, en estricto rigor, logran estos gobiernos, es burlarse de los ciudadanos en sus caras cuando les dicen que ellos deben “empoderarse”… ¿empoderarse de qué?

¿De un TranSantiago fallido, que se ha convertido en un saco sin fondo y en una eterna pesadilla para sus usuarios, siendo un sistema que se traga cientos de millones de dólares cada año, que van a parar directamente a los bolsillos de ciertos contratistas y “palos blancos” pre establecidos?

¿De un parlamento repleto de zánganos y sanguijuelas que viven de manera privilegiada a costa del Estado? (En realidad, a costa de la sangre y sudor de millones de chilenos).

¿De una Salud Pública reventada y en estado terminal, con más de un millón ochocientas mil personas en listas de espera y con cirugías pendientes para más de 250.000 personas?

¿De una educación escolar, cuya “calidad” permite que niños y niñas lleguen a octavo básico sin saber leer ni escribir? ¿O de los estudiantes secundarios violentistas subidos por el chorro que se dedican a incendiar, tirar bombas molotov, vandalizar y destrozar a sus propios liceos?

¿De una educación superior universitaria que obtiene nota roja en “calidad” y que todavía sigue endeudando con cifras millonarias, hasta asfixiar económicamente –como una nueva forma de dominación, control y sometimiento– a cientos de miles de estudiantes chilenos?

¿De las bandas de narcotraficantes y de una delincuencia fuera de todo control –que permanecen sin castigo a causa de jueces “benevolentes” y, en ocasiones, “mojados y comprados” por los mismos traficantes–, que dominan las calles, y que tienen enrejados y con temor a millones de hogares de todo Chile?

¿De las infames colusiones entre empresas de diversos sectores –pollos, farmacias, cerdos, papel higiénico, cadenas de tiendas, bancos, telecomunicaciones, etc.– que quedan siempre sin culpables y sin condenados?

¿De un nivel de corrupción del tipo galopante que ha llevado, incluso, a una de las instituciones que fuera de las más reconocidas de nuestro país y en el extranjero, como Carabineros, a pedir perdón por la conducta y comportamiento delincuencial e inmoral de sus altos oficiales y generales, por robar a destajo y en enormes cantidades? No me parece, entonces, que corresponda “empoderarse” de este tipo de situaciones tan vergonzosas.

Nuestros diputados, senadores y presidentes quieren ser reelegidos, una y otra vez, con el claro objetivo de no perder sus privilegios y garantías de inmunidad, lo que termina, por lo general, en graves y millonarias pérdidas para la sociedad, así como con serios retrocesos para el país en términos económicos, sociales, así como para la salud de la población.

Lo que vemos hoy en día, es que de manera solapada, la élite política coludida con la élite económica de nuestro país, sigue amasando enormes fortunas, mientras que el resto de la población queda excluida y debe conformarse con migajas, como es el caso del miserable sueldo mínimo de $276.000 –“generosamente” concedido por el gobierno de Bachelet al “populacho”–, en función del cual, varios millones de trabajadores, se convierten así –de una forma encubierta, pero absolutamente legal– en verdaderos esclavos (¡y muy baratos, por cierto!) al servicio de sus viejos y nuevos amos.

Por otra parte, la élite política –algunos hablan de “la Nueva Fronda aristocrática”– goza de muy buena salud –¡muchas gracias!–, con “dietas parlamentarias” ultramillonarias y de las más altas del mundo –que en realidad deberían llamarse “obesidades parlamentarias”–, que van desde los $9.000.000 hasta los $21.000.000 (y más), cuando a sus “obesidades parlamentarias” se suman los gastos de operación, viajes en avión gratis, bencina gratis, líneas de teléfono y celulares gratis, computadores y notebooks gratis, contratación de asesores externos y secretarias gratis, arriendo de sedes distritales gratis, autos fiscales gratis, viajes al extranjero gratis, viáticos millonarios (por no decir gratis) y un largo etcétera. (Lo de “gratis”, es sólo a modo de cruel ironía, ya que TODO lo anunciado más arriba, lo pagamos muy caro los chilenos desde nuestros bolsillos).

Para qué hablar de los grandes negociados que llevan a cabo entre ellos, como fruto del tráfico de influencias, del amiguismo, del compadrazgo, del padrinazgo y de otras formas rentables de enriquecerse a costa del sudor y sangre del pueblo al que dicen… ¿“servir”?

Ésta es, por cierto, una conducta poco digna por parte de nuestra clase política, donde la hipocresía, el egoísmo, la indiferencia, la codicia y el cinismo son sus rasgos más representativos.

Los ricos y poderosos de nuestro país, deberían recordar las palabras de Georg Christoph Lichtenberg, científico y escritor alemán del siglo XVIII: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.