por Gonzalo Moya Cuadra

Quiero narrar simplemente del tiempo difuso de cualquier ser humano que quiere escribir de la vida, de la muerte y del amor. En la vida del Hombre siempre encontraremos lamentos cubiertos con mantos de humo, lamentos nocturnos de noches brumosas y pensativas. La vida misma sale al encuentro de caminos perdidos con palabras que gritan olas de silencio en un idioma gimiente y alienante. Reflexiono la soledad que acoge a cualquier Hombre herido en un jardín de lirios soterrados. En este territorio abatido y desolado comprendí las mudas campanadas de un reflexivo silencio en el silencio. Comprendí que las palabras silenciosas, cardinales y libertarias, nos llevan a una verdad real, eficaz y activa. Comprendí que acciones silenciosas nos llevan a entender la belleza cósmica y la hermética aventura de la escritura y de la soledad. Comprendí que en la actual sociedad de consumo, en la cual todo es confusión y donde interactúan contradictorias e inmensas fuerzas sociológicas, el ser humano tiene que comprender la cultura de manera natural y fundamentada, para así llegar a la esencia del ser moral. Sólo en soledad camino con aguda mirada por misteriosos e infinitos lugares de verbos penetrantes para clarificar ideas errantes de memorias quemantes. Hay sendas filosóficas que conducen a la diafanidad ontológica. Ergo, una mente desolada viaja hacia lugares secretos y simbólicos, lugares donde sólo se escucha el silencio de los muertos, el silencio atronador y perfumado de flores caducas. Alcanzo a mirar, con incansable nitidez, terrestres siluetas solitarias de humanos arcanos esperando descifrar la profundidad pedagógica de la vida y los elementos relativos a un entendimiento prístino y mayor. Avizoro el sentimiento incansable y destellante del amor alejado de gleba madura. Solos tenemos que comprender a este proceso social corroído por la inmoralidad. Solos deberemos ser obreros de la paz para la rehabilitación universal. El tráfago de este abano tiempo tecnológico, distanciado de la moral y de las buenas costumbres, además de la estulticia e ignavia mental del Hombre contemporáneo, ha traído como consecuencia la pérdida de la capacidad de interactuar humanamente, no reuniendo siquiera las condiciones para liberarse de esta pesadilla conceptual mecanicista, tan vana y tan relativa. Ni siquiera es capaz de entender el sueño conturbado de la infinita soledad. Simple, demasiado simple. ¡ Qué poca libertad de consciencia tiene el Hombre para reaccionar ante su propia inconsciencia ! Sólo en soledad creo que podemos ser los constructores de un sentimiento legítimo para escribir palabras de ideales realizables.