por GONZALO VALLEJO LEGARRETA

Perder un hijo es como perder hasta la vida misma. Sufrimiento doliente con olor a poema difunto y dormido. Dolor de latitudes sollozantes. Tiempo de madre. Su historia de vida es de una autenticidad pura y permanente. Ejemplar militante del Partido Comunista de Chile, precisa en sus convicciones políticas y de inalterables principios morales. Madre de ojos protectores, madre de hijo nocturno y lejano, madre de hijo agobiado, asesinado y silenciado. Madre de Rodrigo Rojas De Negri, aquel muchacho soñador y cotidiano, llano y contemplativo. Madre que ya se ha hecho leyenda por la incansable lucha que emprendió en un tiempo muerto, su legítimo derecho humano, por encontrar la tan esquiva justicia y ansiada paz, que aún no termina. Su actuar político es sumamente diáfano respecto a la coyuntura social tan contradictoria por la que atraviesa nuestro país. A veces la sinceridad acarrea resquemores y molestias, pero la honestidad y la idoneidad son hechos esenciales para seguir construyendo una política decente. Al efecto, cualquier partido de izquierda debe manifestarse y solidarizarse con el sentir de un pueblo acongojado e impotente por revertir políticas neoliberales que atentan a la condición humana de manera innoble y despótica. Verónica de Negro comparte su inmensa pena con su consecuencia política. Humilde como militante y humilde como mujer. Mujer que jamás dudó en enfrentarse a una dictadura vil y oprobiosa que despedazó la sangre de Chile. Todavía vagan níveos fantasmas, fantasmas que no saben que son fantasmas, fantasmas que no saben que son vegetales difuntos. ¿ Dónde están ? Sólo se oyen lejanas palabras de pretéritos adolescentes. Tiempo de madre. Verónica de Negro es como todas las madres de la tierra. Sencilla y providencial. Silenciosa y luchadora. Categórica y de sueños inéditos. Su constante combate, como el de tantas madres que todavía no saben siquiera donde están los cuerpos de sus hijos, por dilucidar la muerte de Rodrigo merece el reconocimiento de todo el país, nuestro país que padeció dolores estremecidos y no olvidados, nuestro país que recuperó la democracia con esfuerzo, nobleza política y palabras libertarias. Verónica De Negri, por su profunda y terrible experiencia de vida y su nazareno saber de la muerte, es un ejemplo no contaminado de consecuencia política. Para ella ser comunista, como para la mayoría de la militancia, es una opción de vida. Una vida de calles altivas y de libros pensativos. Ella, como madre flagelada, decidió vivir. Vivir por una esperanza ecuménica y una verdad decorada por heridas solidarias.