por GONZALO VALLEJO LEGARRETA

Se subió al auto con un entusiasmo casi providencial. Aquel día había amanecido con una energía desbordante y presurosa. El sol entró por su ventana, radioso y refulgente, con rayos multicolores que terminaron por suministrar a su cuerpo la fuerza necesaria para concretar la visita a ese inmóvil lugar, repleto de ecos inertes y de hedores noctámbulos, que ya rondaba por su mente de manera insistente. El dormitorio desordenado olía a cuerpo desgastado después de una noche silente. La ropa que usaba ya desde hace varios días estaba esparcida sobre el brillante parquet. Sólo sabía que no recordaba cómo había terminado de escribir. Durante ese tiempo sin tiempo había escrito un par de capítulos de la novela hasta casi la madrugada. Quería titularla algo así como el rincón de los muertos. Evitaba dormir. Quería hacerlo, mas no podía, pues presentía que aquel día algo especial iba a alterar el ritmo de su vida ya tan deteriorada por emociones contaminadas de tinieblas tristes y temerosas que pronto acabarían con su existencia antes de la llegada del verano o quizás no quería dormir por el miedo a quedar atrapado en un sueño de imágenes constrictoras y dementes. Se vistió rápidamente y manejando con una pasmosa tranquilidad, hasta él mismo se sintió sorprendido, condujo hacia el cementerio de Calana en la campiña de la ciudad, la ciudad perdida en la tierra del sol. La luz solar de diámetro cotidiano le hizo recordar en ese preciso instante el rostro cansado y helado de la extraña mujer que torturaba cada noche su memoria y su soledad. Desaparecida muchos años atrás, desde un lugar silencioso y tenebroso, sólo aparecía dibujada en sus sueños doloridos y tormentosos. Sintió sed. Mucha sed, demasiada sed. La boca reseca como la boca de un moribundo antes de expirar amenazaba con quemar su cuerpo enfebrecido. El sol brillaba tanto que se sintió sofocado. Necesitaba el líquido con desesperación, casi como si de ello dependiera su vida, la vida que quería vivir. Al estacionar el auto se percató que sus manos sudaban copiosamente. Se bajó con cansina lentitud como si su cuerpo pesara más de lo normal, como si recién llegara a esta tierra después de una larga estadía en las estrellas. Sintió que una masa de aire agradable bañaba su rostro y sus manos, como salvando momentáneamente a su cuerpo mortecino de la muerte, tan esquiva e invisible para él. Caminó por el sendero pedregoso que había recorrido innumerables veces hasta llegar a la tumba de piedra pálida y de ilusiones doblegadas por el tiempo, sepulcro vacío, decorado por un nombre sin nombre. Los claveles rosados que llevaba en su mano izquierda exhalaban una fragancia temblorosa y derrotada. La miró. Estaba sentada a un costado de una lápida, fumando un cigarrillo seguido de otro cigarrillo, rodeada de vegetales silenciosos que observaban un incienso de humos invisibles y subterráneos, como si conversara con su mirada traspuesta con el pasado perdido y suicidado, pero no olvidado. Presintió que trataba de justificar su larga ausencia de muchísimos años con palabras mudas e invisibles. Unas gafas ocultaban sus ojos quizás ausentes, quizás presentes. Vestía de negro, ese color elegante que está maniatado por el tiempo terrestre y el dolor esperado. Se acercó a ella sin una razón especial. La mujer le miró y levantó sus oscuros anteojos de sol por sobre su cabello ralo y errabundo. Recién pudo ver con pavor sus ojos resignados, desgarrados por el sol. Comprendió, con un contenido sufrimiento, que el dolor de la mujer de Calana era también el mismo dolor que le condujo esa mañana hasta al rincón de los muertos.