Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl

Académico, Escritor e Investigador (PUC-UACh)

Las personas no envejecen cuando se les arruga la piel, sino que cuando se les arrugan sus sueños y sus esperanzas”.

Si hay un rasgo que distingue a una parte importante de la especie humana, ese es su egoísmo y su tendencia a la ingratitud e indiferencia. Y si hay un grupo enorme de personas con las cuales hemos sido ingratos, egoístas e indiferentes, ese grupo corresponde –de eso no cabe duda alguna– a las personas de la tercera edad. O como ellos prefieren: adultos mayores.

Este grupo constituye un numeroso contingente de casi tres millones de personas en nuestro país, es decir, el 17,5% de la población y para el 2040 será alrededor del 30% de los habitantes de Chile. Muchos de estos adultos mayores viven en condiciones precarias, indignas y de pobreza, con pensiones que podemos catalogar de miserables y de hambre, que viven a menudo abandonados a su suerte, con enfermedades crónicas e irreversibles, viviendo su día a día en soledad y con desesperanza, al grado tal, que de acuerdo con un estudio de la Pontificia Universidad Católica de Chile del año 2015, las personas mayores de 80 años tienen la tasa de suicidio más alta del país: 17,7 por cada 100 mil habitantes, seguida de muy cerca por el grupo entre 70 y 79 años con 15,4, en tanto que el estudio, reveló que el grupo de 20 a 39 años muestra una tasa de suicidio de 12,5.

En el ámbito del Derecho y, específicamente, en nuestro Código Penal, la vida de las personas se halla consagrada como el “bien jurídico más importante” de todos. Sin embargo, pareciera que fuera letra muerta, o en el mejor de los casos, la frase fuera válida para cierto grupo de personas, pero no para otros. ¿Por qué razón digo esto? Pues, porque resulta un tanto curioso el hecho que los medios de comunicación “valoran” –noticiosamente, se entiende– más la muerte de una persona joven que el suicidio de una persona adulta mayor. Una explicación para este desbalance noticioso, podría ser la idolatría exagerada que le damos a la juventud, con lo cual, pareciera que nos “olvidamos” que la tragedia que representa la pérdida de la vida de una persona mayor, es tan importante y/o relevante como la del joven: la del primero, porque se pierde un montón de conocimientos, experiencia y sabiduría que todavía podría entregar este adulto mayor a la sociedad, en tanto que el segundo, por no haber podido desarrollar, vivir y entregar a esta misma sociedad todo el potencial contenido en su persona. Pareciera, asimismo, que la sociedad se comportara ante estos dos “tipos” de muerte de una manera economicista, es decir, poniendo en la balanza el “principio del costo de oportunidad” versus el “principio del costo hundido”, en que el primero alude al alto costo en el que incurre la sociedad cuando no es capaz de prevenir la muerte de una persona joven –por la pérdida de productividad futura que ello implica para la sociedad–, en tanto que el segundo principio, hace alusión a aquellos costos retrospectivos en los cuales se incurrió en el pasado y que no pueden ser recuperados. Y, dado que no pueden ser recuperados, entonces, tal como señala el dicho, no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Es una forma, por cierto, triste de ver y analizar las cosas.

Hace algunas semanas supimos de una pareja de ancianos de la ciudad de Ovalle que murió de inanición –o si usted lo prefiere, de hambre–, dejando a un hijo adulto con síndrome de Down en un estado de shock y de total abandono, en tanto que otra pareja afectada de cáncer de la comuna de Conchalí que vivía sola y en precarias condiciones, con una pensión miserable inferior a $150.000, optó por el suicidio. Para qué hablar de las diez mujeres que murieron quemadas en un incendio accidental –y que está bajo investigación policial– en un hogar de ancianos de la ciudad de Chiguayante.

Alguien se preguntará… ¿y qué tiene que ver la ingratitud y la indiferencia de nuestra sociedad con los adultos mayores? Muy simple: el bienestar que estamos disfrutando, hoy en día, una parte de la población se lo debemos, justamente, a ese contingente de adultos mayores que, en su momento, se deslomó trabajando y se sacrificó para hacer de Chile un mejor país y un mejor hogar para los chilenos.

Y… ¿cuál ha sido el pago de Chile, del Estado y de la sociedad civil hacia estas personas? Pues observar indiferentes, cómo miles de ellos deben ir a recoger los rastrojos que dejan los feriantes con el fin de poner algo a cocinar en la olla. Mirar de lejos, cómo sobreviven ante la falta de dinero y de atención médica oportuna. En definitiva, observar pasivamente cómo deben llevar una vida indigna e inmerecida en la parte final de sus vidas, es decir, cuando más necesitan de toda nuestra atención, cuidado, respeto y gratitud.

Ni siquiera quiero entrar en los grandes abusos que se cometen en contra de miles de adultos mayores, ya sea, en los –supuestos– “hogares de ancianos”, o por parte de ciertas empresas depredadoras que no tienen empacho alguno en engañar y/o discriminar económicamente a estos adultos mayores, o bien, por parte de sus propios familiares que se aprovechan de sus pensiones y bienes personales, además de propinarles una serie de malos tratos. Sólo en lo que va corrido del 2018, las autoridades responsables del SENAMA (Servicio Nacional del Adulto Mayor) han debido cerrar –en realidad clausurar– más de 20 hogares de ancianos, cuyas condiciones de vida sólo podrían describirse como infrahumanas y no propias del siglo XXI. Sin embargo, dado que la capacidad de fiscalización del SENAMA es tan limitada, es altamente probable que sean diez veces más los hogares de ancianos que habría que clausurar por insalubres e indignos en su trato hacia los adultos mayores. En fin.

Recordemos y tengamos muy presente, finalmente, que todos nosotros llegaremos a esa misma etapa de la vida. Por lo tanto… ¿no será tiempo de comenzar a cambiar esta actitud de indiferencia, desidia e ingratitud hacia nuestros adultos mayores?