por GONZALO VALLEJO LEGARRETA

Día nublado. Martes once de setiembre. Salvador madrugó. Salvador se bañó. A la muerte hay que acudir limpio. Estaba seguro que aquel día era él último día de su existencia. Su prístina inteligencia se lo decía. Sabía que la primavera no vería.

Aquella mañana la estela de la maldad humana se extendía estupefacta por la ciudad ya vencida. Nada se pudo hacer. Todo estaba consumado. Nada se pudo hacer. La gente asustada corría desaforada. Gritaban sin gritar. Ya se percibía la villa ensangrentada. El dolor comenzaba a ser parte de la cotidianeidad. El poeta lo dijo. Los fantasmas esperaban más fantasmas. Se empezó a sentir el sentimiento herido de un tiempo que se haría eterno y somnoliento.

Salvador Allende con su constancia y consecuencia política fue el constructor del gobierno más democrático en la Historia republicana de nuestro país, un Chile hoy ya casi inexistente, un Chile consumido por un bárbaro capitalismo y por una falsedad social que cohíbe la auténtica condición humana. Allende, un tenaz humanista, consolidó sin dogmatismo ni fanatismo una interpretación racional del pretérito acontecer social para asegurar el paso legítimo de transformar una sociedad capitalista en una sociedad socialista.

Sólo así el pueblo podrá vivir en libertad y con un sentido plenamente humano. Allende fue miembro de una sólida Institución Ética que le entregó lo más valioso que puede recibir un político decente, una Moral proba y ser un legítimo defensor de los Derechos Humanos. Los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad son valores esenciales en la estructuración sociológica y en la formación ética de cualquier político que aspira a alcanzar ideales superiores. Salvador Allende pasó a la Historia como el héroe servicial y digno que intentó construir una irénica sociedad de iguales, siendo reconocido, además, por todos los pueblos progresistas del mundo como un gran socialista y un ejemplar masón. Grandes alamedas, calles bulliciosas y discretas logias llevan su nombre, como símbolos de su espíritu libertario y solidario.

El agrietado humo de la metralla que las hordas enguantadas henchidas de balas difuntas disparaban contra difuntos espectros, aplastaron sin compasión los verbos heroicos y transformadores que ya comenzaban a hablar de tiempos venturosos. Salvador alzó su mano izquierda hacia su pueblo despedazado y destruido por el angosto imperio. Los sollozos de Salvador viajaron tibiamente y sin preguntas a un lugar donde con sigilo caminaban esqueletos prisioneros, abatidos y estrangulados, lugar astral y oriental.