por Gonzalo Vallejo Legarreta

Miraba con asombro y deleite a quienes la rodeaban. Se sentía demasiado bien a esa hora del atardecer. Siempre el crepúsculo era para ella algo así como estar sentada en una nube huérfana e incolora, donde el sol ya cansado negaba la luz a las abejas prodigiosas. La reunión era en familia. Estaba recostada y arreglada como nunca había estado en toda su larga y estéril vida. Sus labios perfectamente delineados y pintados con un color rosa leve. El vestido que tanto le gustaba, antiguo y elegante, azul envolvente, la vestía perfectamente con sutil elegancia. Vanidosa y sabiéndose siempre poseedora de una misteriosa lucidez, sabía que su familia más cercana la contemplaba con una fingida tristeza. Dominaba con soltura extrañas y desconocidas lenguas, que aún para los más expertos en el tema les resultaba definitivamente singular y admirable. Siempre sonreía con elegancia. Una sonrisa de gente decente, como solía decir a quienes la escuchaban, sonrisa que sólo comprenden los decentes, repetía con cierto sarcasmo y alegría. Las tazas de café circulaban entre todos los asistentes, pero a ella nadie le ofrecía nada, nadie, ni siquiera su sobrina favorita quien con paciencia y resignación le preparaba el café gourmet exquisito que compraba religiosamente en la cafetería más exclusiva de la ciudad. Tenía hambre pero tampoco nadie se acercaba a ofrecerle ese bocadillo de langostino que le fascinaba, nadie. Nunca amó o quizás el amor nunca quiso amarla. Nadie supo siquiera si alguna vez tuvo amores clandestinos, esos amores que aparecen de vez en cuando en tardes vacilantes y otoñales, esos amores inmóviles y cenicientos, esos amores sin sexo ni dolor. Todos se acercaban a mirarla y nadie le explicaba nada de ese misterioso aislamiento que la hizo sentirse muy incómoda. La vida había transcurrido para ella plácida como vientre inerte, con la monotonía implacable de las doncellas cubiertas de tristes amapolas. La terrestre soledad que presintió en ese ciego momento, cuando ya todos comenzaban a retirarse, hizo que su mente recordara etapas de su vida que había olvidado por completo, tiempo vegetal sin respuestas ni presencias persistentes, tiempo con olor a tiempo extinto. Ya presentía que ese tiempo se iba, como se va el crepúsculo sosegado hacia la noche sumergida. Notó que su sobrina colocaba entre sus manos un ramo de lirios nupciales y melancólicos, sintiendo en su frente un frágil beso, el beso tibio y desolado del poeta milenario. La noche renegrida cubrió sus ojos otoñales, inclemente y mansamente, la eterna noche de verbo sin alma.