Por Mauro Lagos

Recuerdo cuando mi madre entró apuradita por el pasillo de la casa de mi abuela, en calle Esmeralda con Dieciocho. Venía con el dedo pulgar y en alto, con un a cara de alegría y preocupación. Alegría por haber votado después de 17 años sin hacerlo, y preocupación por su dedo que estaba manchado de azul, ella acostumbra a cuidar sus manos. Trató por todos los medios de sacar la mancha de su dedo con un limón, con Quix y una que otra crema.
Almorzamos mientras escuchábamos la radio Iquique, radio identificada con la izquierda. Ella, mis tías, mi abuela y yo comíamos puré con pollo asado, aceleradamente para poder irnos, ya que en ese tiempo vivíamos en Pozo Almonte.
El postre no me lo alcance a comer, era torta helada preparada por mi tía Amelia. Nos despedimos de mis tías y abuela y bajamos Esmeralda, en dirección al mercado, en donde hasta la actualidad salen los taxis a la “ciudad del futuro”, me percato que lentamente las calles quedaban vacías ya que solo se sentían nuestros pasos. Una vez en el mercado vemos que queda un solo auto amarillo, y a la vez también veo que el el sol de ese 5 de octubre brillaba como nunca.
Nos subimos, y el chófer nos dice que es el ultimo auto de la tarde, mi madre me tomó en sus brazos y nos sentamos, mientras yo acariciaba el dedo azul de la Maruja.