por Gonzalo Vallejo Legarreta

Cae la tarde. Sólo siente la compañía de las sombras. El dolor persiste. Casi insoportable. Sombras que desaparecen lentamente y caminan, en su presencia, hacia océanos invisibles. Sombras que bailan con los muertos. Sombras que lloran la ausencia de cuerpos nupciales. Sombras solas que bailan solas. Sombras que bailan tristemente. Sombras que esperan en lugares infernales. Sombras que danzan solitarias preguntándose por la ausencia de amores silenciosos sin altares. Sombras que acogen amores color invierno. Sombras que bailan con soledades somnolientas y soterradas. Sombras que escuchan sin esperanzas el viento lejano olor a mente desolada.
Siempre espera. Espera en soledad un amor de labios gimientes en su pagana oscuridad. Siempre espera. Se sienta en su escritorio para escribir palabras temblorosas y apresuradas. Sabe que tiene que escribir. Las sombras le acompañan sin ruidos ni palabras remotas. Ausencia. Resulta extraño escribir de ausencia. Ausencia peregrina. Ausencia infinita. En ese preciso momento siente una presencia muda, sin color ni perfil. Ausencia sin presencia. Presencia sin ausencia. Evoca a sombras que bailan incansables. Sombras que siguen esperando, mientras bailan, respuestas y preguntas de osarios antiguos. No se ha movido desde que el ocaso invadió su tiempo y su mundo extraño. Mundo de sombras y ausencias atormentadas que se niegan a dejar de bailar. Sombras que bailan solas. Sombras que renacen en su nocturno cansancio. Está pensativo. A lo lejos, quizás más lejos de lo que su gran imaginación puede alcanzar, escucha una canción amorosa de rocío amanecer. Las sombras no le abandonan. Bailan sin descanso, como bailan las sombras en jardines invisibles.
Sabía que esa noche no dormiría. Seguía escribiendo e intuía que sus palabras de amor y ternura se esparcían hacia un silencio que en ese instante no pudo entender. Jamás logró comprender el amor. Continúa el dolor, parecido al dolor de resecas hojas otoñales, dolor que se parece a una rosa mustia o a un amor sin amor, dolor del poeta que desprecia el amor, ese dolor aceptado de tristeza sin ternura. Presentía desde hacía tiempo que el final estaba cerca. No sabía vivir. No podía vivir. Conocía la soledad. Se acercaba ya el alba. Alba de campanas ausentes y soledades apresuradas. Terminó de escribir sus últimas palabras, palabras huérfanas de poeta cansado. Justo en ese momento escuchó tres golpes en la puerta de entrada. Quiso abrir, pero se desvaneció por el intenso dolor. Quizás por los misterios de su mente perturbada pudo verse al interior de una pieza blanca, entubado y sedado, rodeado de distantes enfermeras. Recién comprendió que no volvería jamás a su mundo añorado, a su mundo ya pasado. Las sombras no dejan de bailar en su mundo soñado. Las sombras bailan solas, diáfanas e insonoras. Las sombras siempre bailan solas.