Nelson Mondaca Ijalba*

La luz del día se extingue en estas horas de la tarde, se aloja la noche entre mis pesares, las canciones de navidad han retornado desde las campanas de las oficinas salitreras, aparecen los páramos de compañeros inseparables de la pala y el viento, residentes de un desierto rico en mineral de nitrato.
Ayer, se cumplieron ciento once años de la lamentable tragedia de la clase obrera chilena ocurrida en nuestra ciudad el 21 de Diciembre de 1907. No es peyorativo, sostener que el escenario de la fatídica tarde de los obreros pampinos fue la histórica Escuela Santa María.
Hoy se puede escribir como una leyenda de conspiración del capital foráneo y la clase política dominante del poder político de aquella época. En ora máxima diferente; el valor, la fuerza de la unidad, la entereza de luchar por sus reivindicaciones y la rebelión contra las inhumanas formas de vida, enfrentaron como héroes la cuestión social.
El movimiento obrero en el Norte Grande, tanto Tarapacá como Antofagasta, venían saliendo de acontecimientos y hechos que dejarían sus propias huellas en la vida nacional, como son: la Guerra del Pacífico y la Revolución de 1891. Agreguemos también, el auge del salitre, el cuál desarrolló una relación laboral absolutamente capitalista, anacrónica y patriarcal.
Casi sistemáticamente la vergonzosa tragedia se pasa por alto en las efemérides del país. Parece que no es bueno que las nuevas generaciones conozcan el fondo de las causas de una lamentable verdad. El remolino de los vientos traza una nueva línea sobre los recuerdos de los mártires obreros. La sangre que corrió en pleno centro del Iquique, como vertiente de un río en bajada hacia el mar, con el intenso calor humano bajo rayos constantes de un sol quemante daba termino al exterminio, frente a la Plaza Montt a la congregación obrera.
Los grandes historiadores y del mundo intelectual, a través de sus obras se han preocupado de colocar las cosas en su lugar en nuestra crónica literaria y académica. Amigo lector, en el presente, no puedo dejar de destacar, por ejemplo: al Premio Nacional de Historia, Sergio González M. A los profesores universitarios: Bernardo Guerrero J., Iván Vera Pinto, Pedro Bravo Elizondo. Al profesor, fotógrafo Hernán Pereira P., y a don Pablo Artaza B. Al profesor e historiador Rigoberto Sánchez F. No se puede dejar de lado al escritor, Senén Durán G. Finalmente, no puedo dejar de citar a otros destacados escritores, creo que sería injusto no nombrarlos, como Crisóstomo Pizarro, Carlos Yáñez A., Eduardo Devés Valdés. A Isabel Torres, Rosa Troncoso, María Angélica Illanes y Peter Winn.
Lo sé, existen numerosos escritores e historiadores que se me quedan sin nombrarlos. Asimismo, políticos, artistas, poetas, periodistas, y dirigentes sociales. Sin embargo, tengan la certeza que mientras viva, les estaré muy agradecido por mantener la memoria viva de la huelga y sucesos de la Escuela Santa María de 1907. De antemano les pido disculpas.
Escribir hoy sobre lo que significa para el movimiento obrero y el progreso de los trabajadores, del sacrificio humano desplegado por los miles de pampinos en razón de la Huelga de los 18 peniques, despejar comentarios capciosos y mitos que sucumben ante la cuestión social. Desmontar la realidad histórica de la ficción novelesca y que influye en la opinión pública.
Soy un convencido que, en esta nueva conmemoración de la masacre obrera, el problema actual de los inmigrantes, aquí tiene su consabido principio de justicia internacional. Se puede constatar que existían obreros de Bolivia, del Perú y de Argentina y de otros países de América del Sur. Los derechos humanos fueron concebidos en apogeo de la esclavitud industrial y no se puede involucionar o retroceder sobre la base de un nacionalismo anticristiano. Luchar hoy por estos derechos, sea en este Gobierno y de cualquier otro, significa que los objetivos de los obreros de la pampa no fueron vano y continúan vigentes…Honor a los caídos.

*Nelson C. Mondaca Ijalba
nmonijalba@gmail.com