Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl

Académico, Escritor e Investigador (PUC-UACh)

Hay que dejar fuera del plato de los niños y de las mujeres embarazadas el consumo de soya” (Dr. Andrei Tchernitchin, toxicólogo de la Universidad de Chile).

Uno de los aspectos que más enfatiza el Dr. Joseph Mercola, médico osteópata norteamericano, es que el consumo de soya (o también soja) representa un serio problema para la salud y sexualidad humana –como consecuencia de la combinación de varios factores que se analizarán más adelante–, por cuanto, existe sólida información científica acerca de los diversos trastornos que ocasiona el consumo habitual de soya, más aún, cuando se trata de soya transgénica (soya modificada genéticamente) y sin que haya pasado por un proceso de fermentación apropiado.

Otro aspecto importante que ha sido destacado por varios investigadores, es que las isoflavonas estrogénicas que contiene la soya induce en las niñas un adelanto de su pubertad y muestren signos físicos de madurez sexual prematura (aparición del botón mamario y senos, presencia de vello púbico, adelanto de la menarquía, etc., antes de los 8 años y, en algunos casos, antes de los tres años). Lo preocupante de una pubertad temprana y a corta edad, es que estas niñas tienen un riesgo mayor de desarrollar a futuro cáncer de mama y cáncer uterino, ambos tipos de cáncer influenciados por la alta presencia de estrógeno.

Es así, por ejemplo, que la Dra. Verónica Mericq, endocrinóloga infantil de la Clínica Las Condes, pone en sobre aviso a los padres, pidiéndoles que no alimenten a sus hijas menores de 12 años –y a varones menores de 10 años– con soya, ya que este producto contiene fitoestrógenos, es decir, un tipo de hormona vegetal que, al igual que el estrógeno femenino, ayuda a estimular los órganos reproductivos y las características sexuales secundarias señaladas más arriba: desarrollo mamario precoz, vello púbico, etc.

Y, al igual que la publicidad engañosa logró en los años 60 y 70 que cientos de millones de personas en el mundo consumieran tabaco y fumaran cigarrillos porque era “beneficioso para la salud humana”, algo muy similar consiguió la “avalancha publicitaria” que contrató la industria de la soya para incrementar su consumo en todas sus formas, afirmando que la soya era “buena para la salud humana”, presentándola como la “panacea nutricional y terapéutica” capaz de resolver: desórdenes menopáusicos, bajar el colesterol, proteger el sistema cardiovascular, combatir el cáncer y solucionar el problema del hambre en el mundo. Sin embargo nada de eso se concretó: los accidentes cardiovasculares representan la primera causa de muerte a nivel mundial, la obesidad y los niveles de colesterol en la población se han disparado como nunca, el cáncer se ha convertido en la segunda causa de muerte en el mundo y, según datos de la ONU, más de 800 millones de personas sufren de hambre crónica.

A tal poder llegó esta publicidad engañosa, que la industria comenzó a adicionar soya a todo lo que se le ponía por delante: hamburguesas, pastas, condimentos, jugos y alimentos para bebés y niños, etc. La desvergüenza de la industria de la soya llegó hasta tal grado que adoptaron sin tapujos el concepto de “soya nutracéutica”, es decir, nutriente y fármaco a la vez, para a continuación inventar los conceptos de “leche de soya” y “carne de soya”, manipulando a la opinión pública para que pensara que eso era “una verdad incuestionable”. Nada más lejos de la realidad. La soya es un vegetal y de los vegetales no se obtiene leche ni carne, y tampoco pueden ser considerada “alimento sustituto” de la leche y de la carne real.

Para cualquiera que quiera informarse, existen diversos estudios internacionales que así lo avalan. Es más: hace tan sólo algunas décadas atrás, el poroto de soya era considerado no apto como alimento para humanos, ni siquiera en Asia, desde donde surge. Luego se la usó para alimentar ganado y, posteriormente –en muy limitadas porciones ­y sólo cuando era fermentada artesanalmente– los asiáticos la usaron en forma de tofu, natto, tempeh o miso como parte de un caldo de pescado rico en minerales, seguido de un plato de carne o de pescado.

De ahí que se inventara la fábula, de que los asiáticos consumían soya a destajo. Lo cierto, es que un análisis de los hábitos de consumo de los japoneses estableció que éstos sólo consumían, en promedio, tan sólo 8 gramos diarios de proteína de soya –equivalentes a dos cucharaditas– en forma de productos fermentados. La fermentación de la soya es sumamente relevante, ya que altera su composición y la hace apta para el consumo humano, un aspecto de suma importancia que la Industria de la soya ha ocultado en forma pertinaz, afirmando que la soya no fermentada tiene los mismos efectos que la soya fermentada, lo cual es falso.

Si bien la soya tiene un alto valor proteico (con un índice 49 frente al 100 del huevo) contiene, asimismo, una serie de elementos considerados “antinutrientes” tales como: (a) deficiencia en aminoácidos esenciales, (b) presencia de inhibidores de las proteasas (necesarias para degradar las proteínas consumidas), (c) ácido fítico (que bloquea la asimilación de minerales como el calcio, hierro, magnesio y zinc), (d) isoflavonas (similar al estrógeno humano, es decir, hormona sexual esteroide femenina).

Por lo tanto, una dieta alta de soya industrial y no fermentada –recordemos que la fermentación lenta de la soya inhibe e inactiva los efectos negativos de la soya– que no vaya acompañada del consumo de carne “real” (vacuno, ave, pescado, etc.) puede producir trastornos gástricos, agotamiento pancreático, carencia de vitamina B12 (que conduce a anemia), trastornos sexuales en los hombres (baja de la libido o deseo sexual, bajo conteo de espermatozoides, infertilidad, disfunción eréctil, etc.), daño hepático (cirrosis), hipotiroidismo, adelanto de la pubertad en las niñas, etc.

Lo más grotesco en todo este desatinado entramado creado en torno al consumo sin control de soya, es el abundante desarrollo de fórmulas para lactantes y menores de edad, destinadas, por ejemplo, a bebés alérgicos a la leche de vaca, así como a bebés que se convierten en “vegetarianos”, a raíz de que sus padres lo son.

En los organismos de estos bebés y niños pequeños, las raciones de soya (con isoflavonas) equivalen a 16 veces la dosis consideradas “de riesgo”, o lo que es lo mismo, de cinco pastillas anticonceptivas diarias para un adulto, o también 100 veces más el efecto estrogénico que la leche materna.

Jeffrey Smith, un experto en semillas genéticamente modificadas revela en uno de sus libros –“Semillas de la decepción” entre otras muchas mentiras de la industria de la soya, algo que muy pocas personas saben, a saber, que las semillas de soya genéticamente modificadas sólo pueden ser rociadas con el herbicida Roundup, en que el ingrediente activo de este herbicida, es el glifosato –una sustancia que es considerada un disruptor endocrino–, el cual, sumado a la soya transgénica, altera el equilibrio hormonal del ciclo reproductivo femenino. (Y dicho sea de paso: el glifosato es un producto que causa daño genético, malformaciones congénitas, infertilidad y cáncer).

Asimismo, la Dra. Kaayla Daniel, en su libro “La completa historia de la soya: el lado oscuro del alimento favorito de América”, afirma que cientos de estudios han vinculado a la soya con problemas digestivos, daños al sistema inmunológico, disfunción tiroidea, trastornos reproductivos e infertilidad, enfermedades cardíacas, entre varios otros trastornos.

Llegados a este punto, solo resta señalar la recomendación que hace Andrei Tchernitchin, toxicólogo de la Universidad de Chile, quién solicita a los padres de manera categórica “dejar fuera del plato de los niños y de las mujeres embarazadas el consumo de soya”, ya que en el caso de las mujeres embarazadas, el daño lo podría sufrir el feto en el vientre materno.

Finalmente, tenga usted muy presente una frase latina: “In dubio, abstine”, lo que aplicado al tema que nos convoca, significaría que si usted “tiene dudas” respecto del consumo de soya, entonces, lo mejor es “abstenerse” de consumir este producto.