Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl

Académico, Escritor e Investigador (PUC-UACh)

Cuando uno examina el concepto de “violencia”, se topa con la siguiente definición: interacción entre dos o más personas que se manifiesta a través de ciertas conductas que, de forma deliberada, aprendida o imitada, provocan un daño o una condición de sometimiento grave –de tipo físico, sexual, verbal o psicológico– a otro individuo o a una colectividad.

Si ahora ampliamos el concepto y buscamos las implicaciones del concepto “violencia contra la mujer” nos encontramos con diversas definiciones. Una de las más utilizadas la define como aquella agresión, amenaza u ofensa ejercida sobre la mujer por parte del cónyuge, la pareja, el pololo u otros integrantes de la familia, que menoscaba la integridad física, psicológica y sexual de una mujer.

En función de lo anterior, me permito hacer una sugerencia a todas las damas que están leyendo y/o escuchando este artículo: las mujeres deben aprender, que si en un determinado momento su relación de pareja comienza a deteriorarse y a desviarse de su curso normal –por el uso de golpes, descalificaciones, amenazas, abuso psicológico, etc., por parte de la pareja– entonces, es hora de repensar una relación que se ha vuelto insalubre y tóxica, cortar el vínculo y alejarse de esa persona cuánto antes (y de manera definitiva). Los riesgos de que suceda algo peor aumentan con cada día que transcurre, tal como vemos con el incremento de los casos de femicidio en Chile y en el mundo.

El FEMICIDIO es la forma más extrema que existe de ejercer violencia en contra de la mujer. Esta horrenda realidad se asocia con la falsa y equivocada creencia de origen cultural, de que los hombres tienen el derecho de controlar la libertad, el patrimonio y la vida de las mujeres por el solo hecho de ser mujeres.

De acuerdo con los registros del Servicio Nacional de la Mujer durante el año 2018 se cometieron en Chile 42 femicidios, una dura realidad que da cuenta –solamente en parte–, del grado extremo de violencia que se comete en contra de quien, supuestamente, es “el objeto de amor” del perpetrador.

Previamente, señalé que la cifra de 42 mujeres asesinadas refleja sólo parcialmente la realidad chilena, por cuanto, a los femicidios consumados sería necesario sumarle los cientos de intentos de femicidios frustrados, lo que determina que el nivel de violencia intrafamiliar (VIF) tiene posicionado a nuestro país entre los primeros lugares del ranking mundial, ya que son miles las mujeres que deben hacer su ingreso a las actuales 35 casas de acogida repartidas por todo Chile a cauda de VIF.

¿Algunos datos duros? A pesar de que han pasado más de siete años desde la promulgación de la ley que tipifica el delito, el número de femicidios en Chile no ha bajado. Por el contrario, ha tenido un crecimiento, ya que si comparamos la cantidad de femicidios consumados en el año 2013 advertiremos que el número se disparó de 34 a 40 en el año 2014 y luego a 42 en el 2016, 43 en el 2017, 42 en el 2018 y estando a 16 de mayo de 2019 ya van 18 femicidios consumados y 37 femicidios frustrados. El informe del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe sitúa a Chile en el cuarto lugar, es decir, a un paso de ocupar un pódium “ganador”, ya que Chile sólo es superado por Perú, Colombia y República Dominicana en la comisión de este delito.

En función de las cifras señaladas queda muy claro que nuestro país requiere de más, mejores y nuevas medidas para enfrentar esta realidad, por cuanto, las leyes, las penas aflictivas y las condenas no parecen asustar a los perpetradores. De poco –o de nada– sirven las “órdenes de restricción”, es decir, aquel documento por intermedio del cual, la Corte de Justicia ordena a los agresores a no tener ningún tipo de acercamiento o contacto con las víctimas, si nadie –incluyendo a la justicia, a las autoridades, a los jueces, fiscales y carabineros– se preocupa (o le interesa) de que tales órdenes se cumplan a rajatabla.

Lo cierto es que se necesita un profundo cambio cultural y de mentalidad, cambio que no se logrará sólo a través de imponer castigos, aumentar las penas, impartir órdenes de restricción o del ferviente deseo por parte de la justicia de que el agresor cambie voluntariamente su actitud y conducta agresora en contra de la mujer. ¿La razón de fondo? Las experiencias y la repetición de conductas de agresión están ya firmemente arraigadas e incrustadas en la arquitectura cerebral de estos sujetos, y es muy difícil, cuando no imposible, que estos individuos, de motu proprio, modifiquen su comportamiento, que es el que los hace entrar en un círculo vicioso difícil que romper.

Más arriba señalé, que se requiere un cambio cultural y de mentalidad muy profundo, y éste, sólo puede producirse desde muy temprano, es decir, cuando el futuro perpetrador aún es un niño. ¿Qué significa esto? Que las autoridades responsables de los Ministerios del Interior, de Justicia, de Educación y del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género deberían ponerse las pilas, de una vez por todas, y comenzar desde ya a diseñar un innovador programa integral de “formación cívica” –que todas las mujeres de Chile se merecen–, focalizado en el respeto y trato digno del género femenino desde el momento mismo en que los niños entran al colegio y, si es necesario, desde que entran al jardín infantil.

La razón es muy simple: los niños necesitan APRENDER y PRACTICAR a edades muy tempranas algunas fórmulas y estrategias que permitan el establecimiento de una suerte de “autocontrol” –o interruptor– en relación con el uso de la agresión y el manejo de impulsos agresivos en contra de las mujeres (y, por extensión, en contra de cualquier otro ser humano o ser vivo).

El Dr. Walter Mischel demostró hace muchos años, que lo que se plantea más arriba, es mucho más fácil, más barato y más efectivo, que intentar modificar patrones de respuesta hostiles que ya han sido establecidos y que han quedado arraigados la conducta del sujeto a lo largo de su vida y en una cultura que es machista (donde, además, las propias madres tienden a incentivar en sus hijos varones una conducta de “macho recio”). Se sobreentiende que estos patrones de conducta resultan ser, la más de las veces, destructivos y autodestructivos.

El Dr. Mischel hizo un seguimiento durante décadas de los niños con los cuales trabajó en su autocontrol cuando éstos tenían entre 3 y 7 años, con resultados que fueron sorprendentes: en sus investigaciones, el Dr. Mischel constató, entre otras cosas, que entre los 3 y los 7 años, el desarrollo progresivo del autocontrol permite a los niños: orientar y centrar su atención, regular adaptativamente sus emociones e inhibir respuestas inadecuadas.

Por lo tanto, ¿cuáles son algunas de las ventajas del autocontrol?: (a) desarrolla la capacidad de auto-contención y empatía con los demás con el fin de mantener relaciones humanas basadas en el respeto, la colaboración y el apoyo mutuo, (b) fortalece nuestra fuerza de voluntad, (c) permite alcanzar las metas que nos proponemos a largo plazo, (d) ayuda a las personas a no caer en ciertas trampas a edades tempranas, tales como deserción escolar, caer en conductas delictivas y en el abuso de alcohol y drogas, no hacerse responsable de los propios actos, ejercer trabajos mal remunerados y poco satisfactorios por falta, precisamente, de una buena educación, entre otras muchas otras consecuencias de corte negativo.

Cito a continuación las palabras textuales del Dr. Mischel: “Lo más importante e interesante –por sus implicaciones en la educación y la formación de los niños–, es que se trata de una capacidad [el autocontrol] susceptible de modificación, que puede aumentarse mediante estrategias cognitivas específicas que ya han sido identificadas”.

Bien valdría la pena entonces, que las autoridades responsables evaluaran la urgente necesidad de invertir AHORA los recursos necesarios, con el fin de cosechar más tarde los enormes beneficios que se obtendrán y, por esta vía evitar, entre otras muchas cosas, la muerte innecesaria de más mujeres a manos de aquellos hombres que, supuestamente, deben amarlas y cuidarlas.