Kydiana Sepúlveda


“Las mujeres eran considerada una cosa del hombre, una cosa del marido, una cosa que les pertenecía y que para ellos además no tenían cultura ni inteligencia” (Echeverría, 2019).

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Se empezó con esta cita ya que refleja claramente que las mujeres tienen un límite social, académico y laboral. Desde que nacimos tenemos los roles de género establecidos, sin considerar la atribución de una identidad de género. Indicadores que tenemos que ser y hacer según nuestro aparato reproductor dicte, es decir, si tienes pene y testículos eres un hombre y por lo tanto tienes que comportante como tal: ser un macho-alfa, tener la cultura del winner, la picardía, todo lo permitido para desenvolverte frente a la sociedad, sin miedo y con pocas barreras. En cambio, si tienes vulva y vagina eres una mujer, debes ser sumisa, señorita, respetuosa y calladita, con pocas aspiraciones más que para formar una buena familia, porque claro naciste y te criaron para tener hijos e hijas, “porque cómo no vas a tenerlos/as si eres mujer”, “vas a quedar sola”, “se te va a pasar el tren”. Oraciones que tu mamá, tu papá y la gente en general dicen, y con mayor énfasis tus abuelos y abuelas, esto claramente muestra una cultura machista, el efecto del patriarcado, el hombre como proveedor y la mujer como dueña de casa, de las cuales nosotros y nosotras también tenemos parte en estos dichos, y de los cuales tenemos que desarraigarnos.

¡Tenemos que ser libres y poderosas!, la marcha del 8 de marzo más todo el trabajo realizado por mujeres de generaciones anteriores, demuestra que estamos descontentas, que no estamos satisfechas, que se nos ha vulnerado desde hace mucho tiempo, en nuestros trabajos, en los establecimientos educacionales, en las calles, en nuestras familias, en esta sociedad machista, en esta sociedad patriarcal. Si es difícil ser mujer, imagínense ser una mujer pobre, afrodescendiente, inmigrante, indígena o LGBT+ (siglas que identifican a las palabras lesbiana, gay, bisexual, transgénero y más).

Como estudiante de pedagogía, en los años que llevo de formación he podido observar que hay un amplio número de mujeres que estudia e imparte la docencia en los primeros niveles o ciclos académicos, como lo son las carreras pedagógicas de Educación Parvularia, Educación Diferencial, Educación Básica, entre otras. Las que rara vez tienen un alto número o porcentaje de varones matriculados ya que estas tareas se asocian tradicionalmente al cuidado, protección y crianza de las nuevas generaciones de ciudadanos y ciudadanas. Donde persisten o se reproducen las creencias, prejuicios y estereotipos que “ellas por naturaleza son más aptas para cuidar y educar a los niños y niñas”. O se discrimina a los varones “porque se ve mal (visiones homofóbicas), es riesgoso (miedos al abuso y pedofilia) o genera desconfianza en los jardines infantiles o escuelas que ellos se hagan cargo de estas labores”.

Asimismo, somos discriminadas y excluidas en las etapas siguientes, como lo son las carreras pedagógicas de Educación Media, Educación Superior y en ámbitos de extensión e investigación. Esto quiere decir que en mi carrera como en muchas otras, se observa un número menor de mujeres dado que generan un condicionamiento estructural que hace incompatible sus tiempos de dedicación al trabajo, ocio y familia. Este condicionamiento se fundamenta en estereotipos y prácticas sexistas que nos hacen creer que el trabajo femenino es incompatible con el ejercicio de altos e importantes cargos de liderazgo y toma de decisiones porque exige dedicación exclusiva o requiere demasiado tiempo.

Claro es el caso que se refleja en el siguiente gráfico, donde se observa una gran cantidad de mujeres en áreas determinadas, pero, aun así, esta mayoría no predomina en los puestos gerenciales. Lo que evidencia una falta de elección real, una carencia de liderazgo efectivo o un desinterés hacia la construcción de una voz de mando en los espacios públicos.

En tal sentido, es interesante observar el caso de Energía y minas que presenta una gran cantidad de varones ¿Por qué ocurre esto? Fácil, muchas mujeres que al pretender estudiar “una carrera sexista altamente masculinizada” es sistemáticamente discriminada e invisibilizada en las instituciones educativas. Una situación lamentable ya que todas las personas son iguales en derechos fundamentales y deberes ciudadanos, a quienes se les debe brindar condiciones equitativas y acciones afirmativas para que desplieguen sus potencialidades y múltiples capacidades. En las áreas de salud y educación es inversamente proporcional al caso anterior puesto que las mujeres predominan en estos empleos, pero se invierte considerablemente en los cargos gerenciales. Por tanto, ¿queremos realmente que esto siga ocurriendo? ¡La respuesta es NO… queremos un cambio y lo queremos ahora!

La cultura patriarcal hace que nosotras como mujeres reproduzcamos esos roles sociales y funciones (re)productivas, esos juegos donde los varones encarnan la seguridad protectora o la solvencia económica en los espacios públicos y las mujeres representan la mantención familiar o la dependencia emocional en los espacios privados. Un conjunto de roles que está establecido o normalizado en los grupos y sectores de la sociedad que no nos permiten avanzar en materia de equidad e igualdad de género en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

A la par, como futura profesora anhelo construir espacios democráticos, deliberativos y participativos, donde los actores educativos disfruten de condiciones laborales y salariales justas, equitativas e igualitarias. Quienes -teniendo el mismo título o ejerciendo el mismo cargo- paguen tributos e impuestos similares en sus ISAPRE (Instituciones de Salud Previsional) o AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones). Quienes reflexionen acerca de la educación sexista, deliberen sobre sus sexos, cuerpos y sexualidades, olvidando aquel odioso pensamiento “tenemos menos valor que los hombres”. Además, esta transformación es colectiva e individual que requiere de una retrospección acerca del proyecto cultural y de los movimientos sociales que han liderado heroicamente las mujeres de todo el mundo.

Por tales razones, “el ámbito de la educación, sobre todo, por tratarse de un sector profesional con más mujeres que hombres” (Nieto, 2019). De manera que el foco está en la educación porque hay más mujeres ejerciendo la pedagogía y hay más conciencia sobre la educación no sexista en las aulas. La que por una parte genera mayor empatía entre docentes y estudiantes, y por otra, problematiza el sistema patriarcal y su imaginario machista. Un sistema que denigra a los niños, niñas, jóvenes y adultos/as que no encarnan los ideales culturales de las masculinidades y feminidades hegemónicas, que aísla “a los anormales, raros y extraños”, que humilla a las mujeres empoderadas que toman decisiones sobre sus cuerpos y futuro. Soy profesora con vocación profesional y quiero contribuir a una sociedad respetuosa de la diversidad, que se haga cargo de sus diferencias.

A modo de conclusión queremos rescatar que los movimientos feministas buscan la igualdad y equidad de género. El concepto de igualdad refiere a que todas las personas somos iguales en derechos fundamentales y deberes ciudadanos, en cambio, el concepto de equidad considera las necesidades, expectativas e intereses individuales. Por lo que parte de la premisa que todos y todas somos diferentes y requerimos de condiciones u oportunidades diferenciadas para que nos desarrollemos integralmente en sociedad.

Bibliografía
• Echeverría, M. (2019). Marcha Feminista. Obtenido de https://www.cnnchile.com/pais/documental-de-chilevision-noticias-sobre-el-feminismo-en-chile_20180617/
• Nieto, M. (5 de marzo de 2019). Obtenido de eldiariodelaeducacion.com/blog/2019/03/05/8m-o-por-que-el-feminismo-es-una-cuestion-educativa/


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