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En 1969, la llegada del Apolo a la Luna revolucionó el ultimo año de la década del sesenta. Los medios de comunicación exhibían portadas con los astronautas que llegarían al satélite, las emisoras también dedicaban sus espacios a un hecho histórico.

En Iquique, muy lejos del comando de control en Houston, había muy pocos televisores y la imagen captada era mala, tomadas de la antena repetidora de Televisión Nacional de Chile de Antofagasta.

Pero quien tuvo una posición casi privilegiada para ver cuando Neil Armstrong descendió en la Luna, es el profe Jaime Campusano, que ocho años antes había emigrado de Iquique para ir a estudiar a Santiago.

“En 1969 estaba egresando de la universidad y esa noche (20 de julio de 1969), estábamos en Puente Alto. Habíamos ido a carretear y buscamos una parte donde ver este magno evento. Eran pasada las nueve de la noche, nos comimos unos hotdog y bebimos unas Guindas Nobis. Vi esa majestuosidad, que al principio no me la quería creer. Algo me decía que ahí había algo trucho, algo que no podría. Cómo el hombre iba a ir a la Luna. Es tan relejos y le va a achuntar a un espacio, que te equivocas en una grado y terminas vendiendo Chumbeque en en Saturno”, recordó el profe Jaime Campusano.

El profesor iquiqueño, reconoce que el ver llegar al Apolo 11 a la Luna le cambió el pensamiento sobre como vivir y el avance que había logrado el ser humano.

“Me convenció efectivamente que el cerebro humano, le había al hombre para poder llegar a la Luna. Y, eso me cambió la percepción del mundo. Que los hombres no éramos tan chatos, no éramos hormigas en este mundo de mierda. Eramos capaces de tener alas y poder volar. Me sirvió mucho, me cambió el pensamiento. Esa gran experiencia tengo, que gozo haberlo vivido comiéndome un hotdog y una bebida”, relató el profe Campusano.