Por Richard Sandoval


Por ningún motivo se puede confundir: el llamado a marchar este fin de semana, a gritar consignas y a rechazar la migración en Chile, con armas incluso, no es, no fue ni será jamás un legítimo uso de la libertad de expresión. Ni por el fondo ni por la forma. Por el contrario, todo lo que tiene es ilegítimo, violento, antidemocrático y cruel, y no hay dobles lecturas: hay que condenarlo, por atentar contra la humanidad, incluidos los chilenos. No se debe permitir, en ninguna región de Chile. Algunos convocantes se excusan en rechazar la “política migratoria”, “no a los inmigrantes”; otros llaman a cuidar el Chile para los chilenos, nuestras formas de ser y de vivir que serían “mejores”, superiores a las de los “invasores”.

Los más extremos, aquellos que dicen que pese a la no autorización de la Intendencia Metropolitana igual asistirán a marchar -como aseguró el exdiputado Gaspar Rivas, devenido en decadente nacionalista-, no temen incluso a las agresiones que se pueden generar en la batahola de una manifestación que tendría contra manifestación. Pero todos, más allá de toda excusa, juntos, cumplen con su convocatoria un solo objetivo: el de lanzar los dardos de la xenofobia contra seres humanos que nacieron en otro país y están hoy en Chile buscando una mejor vida. Dardos que sin que nos demos cuenta puede alzar tal nivel de vuelo que pueden pasar a convertirse en misiles, misiles que en otros países se han convertido en redadas, en agresiones masivas, en discriminaciones arbitrarias en colegios, en humillaciones que pueden llevar a hambre, golpes, violaciones, disparos y muerte. Con eso estamos jugando.

Aunque los convocantes a la jornada de anti inmigración se amparen en elementos que pueden presentar como nobles, como consecuentes con el “sentido común” del trabajador chileno; el cuidado del trabajo para los chilenos antes que para los extranjeros, la reserva de las horas de atención en los hospitales para los chilenos antes que para los foráneos; la emoción primordial que convoca a la movilización no es la de la nobleza, no es la de solidarizar con el compatriota, no es la de luchar por derechos que más bien quitan los chilenos del poder, sino la de luchar por la exclusión de derechos para sujetos determinados por su lugar de origen. Es decir, el móvil del llamado a gritar es el del rechazo, que fácilmente puede confundirse con el del odio. El odio al extranjero. Ahí está el meollo del asunto. Una manifestación de odio no puede ser autorizada, en ninguna región, pues el limite entre el argumento político y el odio expresado en ataque directo a personas de carne y hueso se vuelve del todo difuso.

Según dijo Pedro Kunstmann a Publimetro, vocero del Movimiento Social Patriota, su llamado a marchar es por “más salud, trabajo y educación para los chilenos”, y para eso pide que “el chileno demuestre de qué está hecho, que todo este mito heroico se haga de una vez por todas carne y que demuestre cuáles son los chilenos y qué futuro les espera”. ¿Qué significa demostrar de qué estamos hechos? ¿A qué actitud quiere llevar ese lenguaje bélico? ¿al menosprecio de nuestros compañeros de trabajo por ser venezolanos; al aislamiento de una persona que nació en Colombia, Perú, en en transporte público? me niego a esa estupidez ¿Demostrar qué es ser chileno es impedir que un migrante sea atendido en un hospital que él mismo está financiando con el pago de sus impuestos?

¿No sería más chileno, más nacionalista, salir con la misma fuerza a protestar contra la privatización de esa misma salud, recursos naturales, servicios sanitarios, que garantiza multimillonarias ganancias a empresas transnacionales que ni siquiera cumplen a cabalidad con lo que les exige la ley, como mantener con agua potable a una ciudad como Osorno? lo que demuestra el llamado de las organizaciones nacionalistas es que ese nacionalismo, ese orgullo chileno contra el inmigrante menospreciado, no pasa más allá del rechazo deliberado al diferente. El postulado político pareciera ser: tenemos un desastre en salud, educación, trabajo, pero que ese desastre siga siendo sólo nuestro, no compartido con los que no nacieron aquí. Eso no es expresión de legítimo discurso político, eso discurso de odio a secas.

Pero más allá de la legitimidad o no de una manifestación como esta, lo que llama la atención es cómo actúa la deshumanización, que disfrazada de nacionalismo y patriotismo en acción, patriotismo vacío, olvida o quiere olvidar que enfrente, entre quienes se han designado como enemigos bajo la palabra “migrantes”, hay madres, padres separados de sus hijos, mujeres que trabajan cada día como meseras hasta las tres de la mañana para al otro día levantarse sin cuestionamientos a seguir trabajando sin hora de término, para enviar plata a los que extraña y seguir viviendo, acá, con lo justo. Olvidan o quieren olvidar los patriotas huecos que sus enemigos son trabajadores igual que ellos, enfrentados a las mismas injusticias que ellos, injusticias provocadas por otros chilenos con sus leyes y chanchullos. Olvidan que sus enemigos no son privilegiados, que los privilegiados nacieron en este país usufructuando de la explotación de todos los de abajo sin distinción. Olvidan que en la ruta del Uber, en las ciclovías ocupadas por repartidores de comida se encuentra el joven de acento caribeño con el nacido y criado en San Joaquín, y que cuando son atropellados a ninguno de los dos los va a rescatar el código laboral, que es chileno y bien chileno.

Olvidan los patriotas disfrazados de transparentes banderas de justicia que sus enemigos respiran el mismo aire chileno y bien chileno de orfandad previsional, de muerte esperando la construcción de un hospital. Ninguno de sus problemas de salud, de previsión, de cobertura social se van a terminar si cierran las fronteras que quieren cerrar. Hace diez años nadie hablaba de la migración, había un veinte por ciento de lo que hay ahora, y las pensiones para los chilenos eran igual de miserables, y las listas de espera igual de largas, y el desempleo igual o más de alto. Todo, provocado por los mismos chilenos privilegiados que ahora toman palco para ver como sus explotados se pelean por lo que dicen el certificado de nacimiento. Es que la injusticia no la provoca el pasaporte del ser humano que camina conmigo, la injusticia está diseñada desde antes, por los más honorables chilenos de terno y corbata, y esa injusticia se seguirá alimentando de los explotados desde aquí hasta los siglos de los siglos, sean esos explotados del color de piel que sean, mientras no se cambie el diseño que la sustenta.“Aún tenemos patria ciudadanos”, dice el movimiento nacionalista que se alza contra la migración. Yo no sé qué patria quieren defender. Yo no sé qué patria es la que aún tenemos, porque esta que ataca al inmigrante no la quiero, no es mi patria. Porque los inmigrantes no son mis enemigos, yo digo no a la marcha anti inmigrante.