Entre el 15 y el 17 de agosto de 1969, la generación de Acuario alcanzó su propio cenit con el Festival de música y arte de Woodstock: tres jornadas donde, frente a la estupefacción de todo el planeta, se cristalizó el vértigo de una nación alternativa, que buscaba el amor y la músicas y la utopía; cambiar el mundo, pero al final se subieron al sistema.

Técnicamente, los tres días del Festival de Música y Arte de Woodstock fueron cuatro: 15, 16, 17 y la larga madrugada del 18 de agosto de 1969. El combo tenía un valor de dieciocho dólares por anticipado (a la venta en las disquerías de Nueva York o por correo a través de una casilla postal del Radio City Station Post Office de Manhattan) y unos veinticuatro en la puerta. Si es que podemos considerar la posibilidad de una puerta entre tanto webeo.

MARIHUANA
Tocaron treinta y dos números artísticos. Nueve de cada diez personas fumaron marihuanita y, según los reportes policiales, tan solo treinta y tres fueron detenidas por razones vinculadas a las drogas. Aunque se habían garantizado no más de cincuenta mil personas para mantener a raya la suspicacia de los pobladores de la zona, asistieron unas cuatrocientas mil con entradas y -aunque no hay forma de confirmar el número- unas cien mil más sin sus correspondientes tickets.

¿CUÁNTOS?
Medio millón de personas acampando en el corazón de Gringolandia, entregadas al vértigo de una nación alternativa. Sobre todo si cada uno de los componentes de ese medio millón estaba de acuerdo en dos términos del gran plebiscito ético de los sesenta: paz y amor.

NO ESTUVIERON
Los Rolling Stones fueron convocados pero tuvieron que responder negativamente porque Mick Jagger estaba en Australia filmando Ned Kelly y, por su lado, Anita Pallemberg y Keith Richards estaban recibiendo a su hijo Marlon. El Jeff Beck Group se separó casi exactamente con la invitación y tanto los Byrds como The Doors subestimaron la escala del festival. Led Zeppelin ya tenía programada una serie de conciertos americanos y, aunque estaban a unos pocos kilómetros de distancia, Simon & Garfunkel se encontraban en los estudios neoyorquinos de Columbia produciendo el clásico Bridge Over Troubled Waters.

LOS CONCIERTOSDemorados (por decir algo elegante a una detención) por la policía, la apertura de Sweetwater se canceló y los organizadores corrieron en busca de Richie Havens. Subió al escenario con una túnica naranja y, frente a quinientas mil personas expectantes, se tomó su tiempo para afinar. Luego se desató una lluvia que Ravi Shankar aprovechó para meditar sobre su sitar y la Incredible String Band para postergar su show. El cierre de la primera jornada marcó los centros cardinales: en el punto crítico de su adicción a la heroína, Tim Hardin apenas sí pudo interpretar dos canciones; en el punto crítico de su embarazo, Joan Baez cantó «We Shall Overcome».

AMANECIO

Al día siguiente, mientras el público se revolcaba en el barro, Country Joe McDonald ofreció su set acústico y Santana desató la fiebre. Aunque no estaba previsto en la grilla, John Sebastian (ex Loovin Spoonful) andaba dando vueltas por el backstage. Cuando le propusieron subir al escenario, no lo dudó ni un segundo. La programación seguía con jamón estrictamente del medio: Creedence, Janis Joplin, Sly & The Family Stone, The Who, CSNY, The Band y Jefferson Airplane. La dimensión masiva, la película y su soundtrack, le otorgaron status de leyenda a algunas de las performances. Su poder fue tan apabullante que, en algunos casos, algunos artistas no pudieron escapar nunca de la sombra proyectada. Joe Cocker es, de algún modo, el caso paradigmático.

HENDRIX

Visto con cierta perspectiva, todo salió mal. Programado como el grand finale, la grilla se demoró tanto que Hendrix pisó el escenario a las nueve de la mañana. Para entonces, buena parte del público se había ido (quedaban «solo» doscientas mil personas) y la multitud se veía exhausta y confundida. El presentador dijo The Jimi Hendrix Experience pero, como corrigió el zurdo de Seattle, se trataba de Jimi Hendrix and Gypsy Sun & Rainbows: un sexteto a mitad de camino entre Experience (estaba Mitch Mitchell) y la Band of Gypsies (estaba Billy Cox), que tenía solo dos ensayos encima.

Pusieron a prueba la tolerancia con varios temas nuevos («Message to Love», «Jam Back at the House», «Izabella» y «Villanova Junction») y, a pesar de los esfuerzos del guitarrista Larry Lee y los percusionistas, en la mezcla se escuchaban apenas como trío. Sin embargo, todo ese vía crucis habría valido la pena por la versión de «The Star Spangled Banner», donde Hendrix llevó a límites insospechados las capacidades expresivas de su Strato blanca. Una versión instrumental del himno norteamericano donde, con la asistencia del feedback y la palanca de trémolo, reconstruyó una escena de horror bélico (bombas, aviones, aullidos) en medio de la guerra de Vietnam. Una intervención situacionista en el crepúsculo de los sesenta.

NO FUE EN WOODSTOCK

Aunque se promovió como un festival en las inmediaciones del pequeño pueblo de Woodstock, el promotor Michael Lang (junto a los productores ejecutivos: Joel Rosenman y John P. Roberts) se topó con unas cuantas dificultades. Los pobladores del condado de Ulster se opusieron a la celebración dionisíaca: primero en Wallkill y luego en Saugerties. Con el estreno de Easy Rider (Busco mi destino) en mente, no es difícil entender las razones. Providencialmente, el escritor Elliot Tiber contactó a los organizadores con Max Yasgur: un granjero de Bethel, condado de Sullivan, que tenía una propiedad de 240 hectáreas destinada a la producción de leche y alfalfa. Los pobladores montaron en cólera («No compren leche / Detengan el Festival Hippie de Max»), pero los organizadores pusieron setenta y cinco mil dólares sobre la mesa y garantizaron no más de cincuenta mil personas. Alto chasco.

Como resumen, esos hippies de mierda hoy bordean los 70 años sumidos en el mismo sistema que odiaban. Woodstock fue un saludo a la bandera, como se dice en Chile.

INTERNET/JCN