Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)


“La amistad verdadera no tiene fronteras, edad, tiempo, ni distancias, y perdura para siempre en el alma y en el corazón de las personas”.

“Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no habría necesidad alguna de que interviniese la justicia” (Aristóteles, filósofo y pensador griego, siglo IV antes de Cristo).

 

Cuando una persona revisa el significado de la palabra “amistad”, se encuentra con la siguiente definición: “Relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre dos –o más– personas que no son familia”. Esta relación de afecto se puede presentar en distintas etapas de la vida de un individuo y con diferentes grados de importancia, significado y trascendencia.

En función de lo anterior, nos encontramos con amistades que se forjan cuando las personas están en el colegio y que pueden perdurar por el resto de la vida de ese grupo de individuos, sin que importe mucho, el hecho que estén separados por cientos y, en ocasiones, por miles de kilómetros. De ahí que se diga que una amistad no crece por la mera presencia de las personas, sino que por la magia que se produce de saber que aunque no las veas, llevas a esos amigos(as), en el fondo de tu corazón. Eso también, es parte de la verdadera y genuina amistad.

Por otro lado, el historiador y filósofo griego, Plutarco, decía que “él no necesitaba un amigo que pensara como él y que le diera la razón en todo, ya que para eso tenía una sombra que lo hacía, incluso, mucho mejor”, queriendo destacar con esta reflexión, que si bien los amigos deben ser fieles, comprometidos y leales con uno, no significa que no puedan –o no deban– discrepar o estar en desacuerdo con uno, y decirnos las cosas en la cara y de frente, con la finalidad de evitar, por ejemplo, que cometamos errores, que luego se pagan caros.

Al respecto de este tema, es preciso diferenciar entre un “amigo” y un “compañero”, por cuanto, entre ambos conceptos existe una gran brecha, ya que cuando hablamos de amistad, estamos señalando la existencia de un afecto personal recíproco y desinteresado, que surge entre dos personas y que se va fortaleciendo con el paso del tiempo.

En tanto, que cuando hablamos de un “compañero”, en este caso, se trata de una persona con la cual se comparte un trabajo, la práctica de un deporte o los estudios. En este sentido, la verdadera amistad se convierte en una relación de confianza, afecto y lealtad hacia el otro, donde la palabra empeñada se hace carne y realidad.

En una verdadera amistad, las personas tienen que hacer un esfuerzo personal y poner de su parte, buscando siempre el bien del otro, aceptándolo(a) tal como es, es decir, con sus virtudes y con sus defectos, y no como uno quisiera que fuera, donde la condición previa para la amistad, surge desde uno de los principales pilares y valores del ser humano, a saber, el respeto mutuo.

Si una persona nos agrada, nos cae bien, nos simpatiza, nos acoge y escucha nuestras ideas y opiniones –y las ideas y opiniones de los demás–, esa persona se convierte en el mejor ejemplo de amistad, una amistad que puede perdurar toda la vida.

Detengámonos un instante, y haga usted el siguiente ejercicio: piense por unos momentos en su mejor amigo(a). Ahora, analice qué es lo que pasó por su mente. De seguro, que es tanto el afecto y el cariño que siente por ese gran amigo(a), que al recordarlo(a), usted se puso a sonreír y fue inundado por un sentimiento de alegría y felicidad. Pues bien, hay amistades que se vuelven tan relevantes para nosotros, que incluso llegan a ser más importantes y significativas que algunos miembros de la propia familia.

El Dr. William Chopik –psicólogo social e investigador de la Universidad Estatal de Michigan, EE.UU.–, interesado en saber cómo las relaciones interpersonales y de amistad van cambiando de acuerdo con las circunstancias de la vida y con el paso del tiempo, quiso demostrar la importancia de la amistad en la vida de las personas, y para ello realizó un estudio que involucró a miles de individuos en más de 100 países.

Los resultados obtenidos de su estudio demostraron que la amistad se fortalece con la edad, con un significativo dato adicional: en los adultos mayores, las amistades se convierten en la principal fuente de salud y felicidad, aún más que los propios integrantes de la familia de origen.

De acuerdo con el Dr. Chopik, el hecho de “mantener a unos cuantos buenos amigos alrededor de uno puede hacer un mundo de diferencia para nuestra salud y bienestar”, y más adelante agrega que “es inteligente invertir tiempo y afecto en las amistades que nos hacen más felices”.

Por el contrario, cuando los amigos son una fuente de tensión y desagrado, las personas reportan más malestares y enfermedades crónicas, mientras que cuando los amigos(as) son una fuente de apoyo, las personas son más sanas y felices. Es por ello, que con el pasar del tiempo, la gente tiende a mantener cerca a aquellos amigos con los que se sienten a gusto, en tanto que se alejan de quienes sólo proporcionan malos ratos.

Ahora bien, el acto de mantener cerca de nosotros a aquellos amigos(as) que nos entregan alegría y felicidad, requiere de un cierto grado de esfuerzo y dedicación, por cuanto, a diferencia de las relaciones familiares, las amistades son opcionales y selectivas.

Según el estudio del Dr. Chopik, la calidad de las relaciones de amistad tiene efectos notables y concretos en las personas, a saber: (a) las hace más saludable, (b) las personas tienen una menor incidencia en enfermedades crónicas, (c) hay mayores niveles de felicidad, (d) las personas presentan una menor tasa de mortalidad.

La explicación para estos positivos resultados, se debería a que con los amigos se realizan actividades de ocio que son espontáneas y que reportan un mayor grado de satisfacción personal, mientras que con la familia se tienen interacciones más serias, e incluso, en ocasiones, son experiencias monótonas, desagradables y negativas.

Señalemos, finalmente, algunos de los factores o elementos de una verdadera amistad: respeto mutuo; interés por el bien del otro; comunicación y diálogo abierto; aceptación de las virtudes y defectos del otro; confianza y lealtad inalterables; apoyo afectivo y efectivo constante; compartir alegrías, triunfos y fracasos; compromiso personal serio; estar con el amigo(a) en las buenas y en las malas; encuentros que mantienen un cierto nivel de periodicidad; cumplimiento de la palabra empeñada.