Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e Investigador (PUC-UACh)


“El que hace trampas, es porque no tiene el coraje para ser honesto” (Mario Benedetti, escritor, dramaturgo y periodista uruguayo).

 

No obstante que ciertas conductas infantiles –que incluyen trampas, manipulaciones, mentiras, engaños, etc.– puedan ser consideradas como propias de las etapas del  desarrollo en el que están los menores, éstas pueden, asimismo, esconder diversos factores y dificultades a tener muy en cuenta, tales como por ejemplo: (a) el miedo de los niños a recibir algún tipo de castigo por parte de los padres, que no sea proporcional a la falta cometida; (b) por el temor a decepcionar a sus padres a raíz de alguna mala acción que el menor haya cometido, o bien, (c) por una conducta con consecuencias negativas que haya sido realizada por el menor.

Para muchos padres, puede ser un motivo de gran molestia y decepción, el hecho de ser llamado por el profesor Jefe del Colegio al que asiste su hijo, y enterarse por boca del profesor, por ejemplo, que las excelentes notas que obtuvo su hijo(a) en una serie de materias o asignaturas, fue porque el hijo(a) se dedicó a copiar en las pruebas, o porque el menor tiene la tendencia a recurrir de manera regular al uso de mentiras, o bien, a manipular y hacer trampas a escondidas y a espaldas de sus profesores, compañeros de curso y de los propios padres.

De acuerdo con diversos estudios, este tipo de situaciones pueden ser consideradas como conductas más o menos frecuentes que forman parte del desarrollo del menor, hasta alrededor de los diez años, cuando el niño logra desarrollar lo que se denomina una “conciencia moral”. No obstante lo anterior, es preciso señalar que los niños, ya desde los siete años, saben diferenciar perfectamente aquello que está bien, de aquello que es incorrecto y que está mal.

Por otra parte, entre los tres y los seis años de edad se produce un “período de diferenciación” durante el cual, el menor comienza a separar la fantasía de la realidad, donde difícilmente se puede atribuir al niño un propósito expresamente negativo detrás de las mentiras y trampas que haya dicho o hecho el menor. Este es un tiempo muy creativo y que los niños utilizan para inventar cuentos e historias fantásticas, donde incluso, aparecen los “amigos imaginarios”, los que adquieren un carácter real para los niños.

Sin embargo, ya alrededor de los siete años, comienzan a surgir situaciones mucho más complejas que los padres deberán considerar con un mayor grado de atención y énfasis, ya que en muchos de estos casos, las mentiras de los menores pueden estar asociadas con: (a) el temor a recibir un castigo exagerado o desproporcionado por parte de las figuras de autoridad, (b) porque el actuar del menor no corresponde a las expectativas que los padres tienen o que se han fijado en relación con sus hijos, (c) con la finalidad de captar la atención y aceptación por parte de su grupo de pares y amigos.

El grave problema que puede producirse, es cuando estas diversas formas engañosas de actuar se vuelven crónicas, lo que –por lo menos en parte–, podría estar relacionado con el alto nivel de competitividad e individualismo que prevalece, hoy en día, en nuestra sociedad, donde las “debilidades” que muestre la persona ante los demás parecen estar censuradas, y en lugar de premiar a aquél sujeto que actúa de forma correcta, en buena ley y de acuerdo con las normas, hoy se idealiza al “pillo”, al que se salta la fila y que se burla de los “lesos” que se quedan atrás esperando pacientemente su turno, hasta… que llega el momento ingrato, en que este sujeto “pillo y tramposo” es sorprendido –in fraganti– engañando, manipulando y estafando a sus propios amigos, colegas e incluso, a sus propias familias de origen.

Con la finalidad de evitar que situaciones impropias lleguen a instancias mayores, los padres deberán preguntarse qué están –o no están– haciendo ellos, como adultos, para que el menor tenga que recurrir a las mentiras, a las trampas y al engaño: ¿es por miedo a un castigo desproporcionado ante padres que son muy exigentes? ¿Es por vergüenza a quedar mal ante las figuras que el menor considera de autoridad, y cuyo respeto y admiración busca de manera desesperada? ¿Es la forma “normal” que tiene el menor para conseguir las cosas que quiere y desea, que de otra forma no obtendría? ¿Es porque en su familia los adultos muestran una forma similar de actuar ante ciertas circunstancias? Las preguntas pueden ser muy variadas y cada una de ellas deberá ser respondida, si es que los papás desean corregir la forma errónea de proceder que tienen sus hijos. Por otra parte, también acontece, que algunos padres no saben cómo reforzar de manera adecuada las capacidades y habilidades de los niños.

Al respecto de las preguntas que se han planteado más arriba, resulta relevante destacar la enorme importancia que tiene el ejemplo que dan los padres a sus hijos, de ahí, que reconocidas especialistas en el tema, tales como Krisna Tolentino o María Eugenia Ziliani, entreguen una serie de recomendaciones, con la finalidad de reforzar la honestidad y el correcto actuar de los menores:

  1. Sea un buen ejemplo para sus hijos: si la madre o el padre es un tramposo, un mentiroso o es un sujeto que no devuelve el dinero que le dan de más y lo “ventila” ante las otras personas como algo positivo, gracioso o que demuestra lo “pillo” que es, nunca estará en grado de inculcar en sus hijos un sentido de honestidad.
  2. Baje sus expectativas: muchos niños  tienden a mentir, con el objetivo de dar en el “gusto” a sus padres y lograr la valoración de aquellas personas que los niños consideran sus referentes. Demuéstrele a sus hijos, que usted los quiere igual, aún cuando, en ocasiones, no alcancen los éxitos que usted espera de ellos.
  3. No todo se trata de ganar: enséñele a sus hijos que es más honorable –y correcto– perder siendo sinceros y honestos, que ganar con mentiras, trampas y engaños.
  4. Consolide la probidad y el buen actuar: anime a sus hijos a valorar la honradez y que el menor sienta verdadero orgullo por un trabajo bien hecho, aún cuando su hijo no sea el ganador o el mejor entre sus pares.
  5. Valore el esfuerzo que hace el menor: si sus hijos se motivan y se esfuerzan en su desempeño –transitando el camino más largo y honesto– con la finalidad de lograr un buen resultado, usted valore y destaque abiertamente dicho esfuerzo, ya que esa valoración llevará al menor a cambiar su conducta tramposa por otro comportamiento que apunte a mejorar su desempeño, pero que en esta ocasión, estará libre de engaños, trampas o mentiras.
  6. Enseñe a sus hijos e enfrentar la falta: dígale a sus hijos que usted también ha cometido errores, pero que tuvo el coraje de reconocer dichos errores y reparar la falta o el daño hecho.

Finalmente, es preciso señalar, que si cualquiera de estos síntomas se agudizan, se mantienen por mucho tiempo o se asocian con otros síntomas, tales como: el uso recurrente de violencia infantil, cambios notorios en los ciclos del sueño o del apetito, aparición de conductas extrañas o poco habituales en el menor, se recomienda abordarlas en profundidad, e incluso, solicitar la asesoría de un especialista, ya que podrían surgir otras problemáticas de variada naturaleza: dificultades en las relaciones interpersonales entre padres e hijos, excesiva presión ejercida por parte de los padres sobre los menores, trastornos del desarrollo infantil, hasta casos más graves, tales como conductas delictivas, o incluso abuso sexual, por parte de terceros.

Es por todo lo anterior, que el llamado a los padres, es el de prestar el máximo de atención a todas estas conductas infantiles, ya que pueden ser indicadores de ciertas problemáticas subyacentes que deben ser detectadas y solucionadas a tiempo.

1 Comentario

  1. Este es un tema delicado y que no puede pasar inadvertido para los padres, especialmente, cuando se trata de conductas que se vuelven reiterativas, por cuanto, intentar «cambiarlas» más adelante, cuando los niños están más grandes, puede convertirse en un esfuerzo inútil, ya que para los niños las ganancias de actuar de esa manera -con trampas, engaños y mentiras- pueden ser mayores que las pérdidas por hacer las cosas bien, correctas y de manera ética.

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