Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)


“Los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia… ambos por la misma razón” (George Bernard Shaw, Premio Nobel de Literatura).

¡Y un amplio sector de la clase política lo sigue haciendo! A saber, continuar emitiendo declaraciones públicas tibias, débiles, ambiguas y jabonosas en contra de los numerosos actos de violencia y delincuencia que asolan el país, bajo el pretexto del “derecho humano a manifestarse”.

Continúan, una y otra vez, con las interpelaciones y acusaciones constitucionales contra todo aquél que aparezca en el horizonte, acciones, por lo demás, que a nadie interesan y que ningún beneficio le trae siquiera a un solo chileno, ni uno solo, pero que pone en la luz pública y en la foto del diario a sujetos que se las dan de pseudo políticos patriotas, pero cuyo comportamiento infantil detrás de bambalinas da vergüenza ajena y que termina  generando un alto nivel de rechazo, incluso ¡desde sus propias filas!

Aquí es donde se advierte con claridad que nuestros (des)honorables diputados y senadores no tienen nada mejor que hacer en el Congreso que divagar por el universo sideral y mirarse el ombligo unos a otros.

Mientras tanto –y en privado–, una parte sustancial de dicha clase política se soba las manos llenos de alegría y satisfacción por el mal ajeno que ello está causando al gobierno de turno, esperando, ardiente e impacientemente detrás de bastidores, de hacerse, de una vez por todas, con el poder. Todo lo anterior, en lugar de condenar en forma abierta, clara y sin ambigüedades los constantes e innumerables actos delictuales, de violencia y destrucción, que tanto daño le está provocando a nuestro país y a millones de chilenos.

Al parecer, nuestra siniestra clase política, cuya “aprobación y credibilidad” del 5% es igual a la nada misma, todavía no se ha dado cuenta, que cuando un gobierno –y da lo mismo cuál sea su color político– es asaltado, una y otra vez, por oleadas de manifestaciones y protestas populares –especialmente cuando éstas pierden su carácter de pacíficas y se vuelven violentas y destructivas–, dicho gobierno se expone a perder para siempre su credibilidad y su capacidad para gobernar en paz, por cuanto, mientras no se restablezca el orden y el respeto a ciertas normas mínimas de convivencia nacional, el futuro de un país nunca estará del todo garantizado.

Esta suerte de “rebelión popular desbocada” se la deberá bancar la clase política en su totalidad, sin distinción de credo u orientación ideológica, por cuanto, esta condición permanente de ebullición ciudadana puede conducir fácilmente a una rebelión contra TODA clase de autoridad, y no sólo contra la autoridad de éste o de aquel Presidente, de este o de aquél Gobierno.

Dicho de manera clara y simple: manifestaciones sin freno y sin control –especialmente cuando éstas están infiltradas por sujetos violentos y destructivos– terminarán por volcarse, finalmente, en contra de la autoridad de cualquier Presidente, actual o futuro, y sin que importe mucho la ideología política del Presidente en cuestión. No obstante, lo anterior, la mente obtusa, codiciosa y con deseos insaciables de poder que corroe a nuestra deshonorable clase política parece no comprender esta realidad.

Aquellos mismos sujetos que gritan en forma desaforada “¡El poder para el pueblo!”, serán los primeros en darse cuenta que no va a ser, precisamente, el pueblo el que va a gobernar a este país, si es que continuamos encaminándonos hacia un choque de fuerza extrema.

Ni el pueblo, ni los escolares, ni tampoco los jóvenes universitarios estarán en grado de adueñarse del país, pero sí lo harán otras fuerzas más primitivas, violentas y elementales, fuerzas que están esperando –al acecho– por su oportunidad. Una oportunidad que la clase política y gobernante está entregando en bandeja a estos grupos violentistas, debido a su ineptitud para legislar y gobernar en favor de la ciudadanía, en lugar de hacerlo en beneficio exclusivo de sus propias alianzas y grupos de interés, tal como lo han hecho durante estas últimas cuatro décadas. Una conducta que nos ha llevado, precisamente, a la condición de inestabilidad, inequidad, indignación y frustración que se vive hoy en nuestro país.

Y lo peor, es que la clase política lo sigue haciendo, al embarcarse en una nueva y estéril “cruzada a muerte”, ya sea, a favor del “rechazo” o del “apruebo” de una nueva Constitución, como si esta nueva Constitución fuera a solucionar siquiera uno solo de los graves problemas estructurales que arrastra Chile, achacables, por cierto, a la mala y siniestra clase política y gobernante de nuestro país, en alianza –y colusión– con una élite económica tramposa y poco ética, donde bancos e instituciones financieras, Isapres, AFPs, supermercados, farmacias, retail, etc., siguen esquilmando y engañando a los consumidores de manera bastante vil y descarada.

¿Cómo no sentirse indignados ante: una salud pública ampliamente sobrepasada, que deja morir cada año a miles y miles de chilenos que esperan por una atención digna de salud? ¿Cómo no enojarse frente a una educación de mala calidad que, en muchos casos, sólo sirve para proveer de mano de obra barata a los grandes empresarios y consorcios de nuestro país? ¿Cómo no sentirse humillados frente a un sistema de AFPs que entrega pensiones miserables y de hambre a la gran mayoría de los chilenos, donde las personas –en promedio– ni siquiera alcanzan a recibir la mitad del sueldo mínimo?

La realidad nos muestra, que aquellos políticos –corruptos, mentirosos e hipócritas, pero con poder–, pueden convertirse en una verdadera pesadilla para el bienestar de la mayoría de aquellas personas que los rodean, incluso, para los mismos ciudadanos que los eligieron.  Sólo como muestra de un botón: el expresidente Ricardo Lagos Escobar ha sido expuesto públicamente por no pago de contribuciones durante 29 años por una propiedad que tiene en Caleu, comuna de Tiltil. Su hijo, el senador Ricardo Lagos Weber, acumula 16 años de no pago de contribuciones por una propiedad que tiene, asimismo, en Caleu, junto a la de su padre. El presidente Sebastián Piñera, por su parte, tampoco pagó contribuciones por una propiedad que tiene en Caburgua durante 30 años, y… para qué seguir.

Estos son los casos más emblemáticos, y como éstos, los hay por miles, por cuanto, si los grandes tiburones políticos dan este tipo de “ejemplos” de estafas reiteradas al Estado, ¿qué se puede esperar de los pequeños tiburones politiqueros? Las excusas son siempre las mismas: “Se produjo un error fortuito”, “Hubo falta de diligencia”, “Caímos en un lamentable letargo”, “Hubo un malentendido”, etc. Si esto no es ser hipócrita, no se me ocurre qué otro nombre ponerle.

De ahí que se diga, que, en un mundo lleno de gente cínica e hipócrita, aquellos que dicen la verdad representan un gran peligro para este tipo de sujetos, y se convierten siempre en los malos de la película.

Por  lo tanto, ese mismo poder –ya sea de tipo político, económico o militar– que tienen algunos de estos personajes, les permite pisotear y pasar por encima de la opinión pública, o bien, por encima de la opinión discrepante del ciudadano común, sintiéndose autorizados para lanzar amenazas a destajo, utilizar discursos incendiarios y declarar –como  muchas veces ocurre­– la “guerra a medio mundo”, en especial, cuando la situación económica, la realidad social o el estado de la política interna comienza a derrumbarse, debilitando sus propias posiciones de poder.

En estos casos, las estrategias que usan este tipo de políticos –sean de izquierda o de derecha–, son siempre las mismas, a saber, buscar un chivo expiatorio contra el cual alinear y apuntar todas las fuerzas, y que puede ser: la oposición (del signo político que sea), un segmento económico de la población, otra ideología política, un supuesto país “enemigo”, etc., con el burdo propósito de distraer –al menos por un tiempo–, la atención de la población sobre asuntos importantes que la afectan y que constituyen motivos fundados de gran disgusto y enojo. Por lo tanto, nosotros, los ciudadanos, debemos aprender, sí o sí, a hacer mejores elecciones de todo tipo.

Ya lo decía Cicerón –el gran orador, político y pensador romano, hace más de dos mil años atrás–, al señalar que era una mera ilusión pensar que el “avance” individual se consigue, simplemente, aplastando y pasando por encima de los demás. Tengamos, por lo tanto, siempre presente, que ésta es una desconcertante y muy usada conducta por parte de la clase política contemporánea, y se denomina “aplastar al enemigo”, aún cuando este supuesto “enemigo” sean los mismos ciudadanos que los eligieron.